Cuando las pautas diagnósticas (DSM-V) invaden la infancia en las consultas y las aulas.

LA PSICOPATOLOGIZACIÓN DE LA INFANCIA[i]

         “De él se habla mucho, pero a él, no se le habla”                                            

        “Los niños gravemente retrasados y deficientes son útiles, indispensables a la sociedad en su ser de sufrimiento”.                 

                                                                     Françoise Dolto[ii]                                        

Ritalin

“Las realidades que nos atraviesan en la actualidad son complejas. Los cuadros de doble entrada que transforman la riqueza subjetiva en un plano bidimensional nos aplastan, con la ilusión de construir un compendio psicopatológico que permita que todos nos entendamos cuando hablamos del padecimiento del otro, sin tomar en cuenta que, al dejar afuera las múltiples determinaciones del sufrimiento humano, tendemos a construir un individuo que parezca el resultado de una suma de funciones que, al verse alteradas, podrían ser abordadas cada una desde su especialidad, perdiendo de vista la complejidad de ser niño en esta época.

Reflexiones críticas acerca del Trastorno por Déficit de Atención se transformó en el puntapié inicial de múltiples acciones. Se abrieron desde entonces nuevas perspectivas tanto en el campo de la salud como en el de la educación. Es así como desde en el año 2005, a partir de los feroces avances de los laboratorios en el mercado de medicamentos, el Ministerio de Salud de la Nación convoca a expertos del Área de la Salud a hallar un consenso sobre el llamado “Trastorno por Déficit de Atención con o sin Hiperactividad”.

Este Consenso, elaborado por diversos profesionales de la salud, plantearon con preocupación un fenómeno epocal en el cual asistimos a la explosión de una multiplicidad de “diagnósticos” psicopatológicos y de terapéuticas que simplifican las determinaciones de los trastornos infantiles y retornan a una concepción reduccionista de las problemáticas psicopatológicas y de su tratamiento. Esta perspectiva utiliza de modo singularmente inadecuado los notables avances en el terreno de las neurociencias para derivar de allí, ilegítimamente, un biologismo extremo que no da valor alguno a la complejidad de los procesos subjetivos del ser humano. Procediendo de manera sumaria y esquemática, se realizan diagnósticos y se postulan nuevos cuadros a partir de observaciones y de agrupaciones arbitrarias de rasgos, a menudo basadas en nociones antiguas y confusas. Es el caso del llamado síndrome de “Déficit de atención con o sin hiperactividad” (ADD/ADHD).

En el Primer Simposio Internacional “Niños desatentos e hiperactivos. La patologización de la infancia” debatieron su ideas docentes, directivos, psicólogos, pediatras, neurólogos, cientistas sociales y de la educación, psicopedagogos, epistemólogos, filósofos, entre otros profesionales que pusieron en cuestión ciertos saberes que se presentaban como certezas únicas, verdades de aparente rigor científico, muchas veces sostenidas en intereses económicos que retomaban el desafío que planteó hacen más de treinta años el director ejecutivo del laboratorio Merck antes de retirarse: ¿Cómo venderle medicamentos a las personas sanas? Sin duda, la estrategia hallada parece que fue relativamente sencilla: modificar las concepciones de salud y enfermedad y transformar rasgo comunes -en este caso patognomónicos de la infancia, como la inquietud y la desatención- en trastornos a ser erradicados.

Por otra parte, se observaba cómo tanto desde el ámbito escolar como en el del de la salud los fenómenos de patologización de la infancia iban en aumento, lo cual quería decir que lo que antes era parte de lo esperable en la infancia, ya comenzaba a transformarse en cuadros patológicos. Cuando las clasificaciones se naturalizan, se pierde la historia del constructo y su dimensión bio-política. Vivimos en una época en la cual necesitamos que los niños se arreglen solos a edades cada vez más tempranas, debido a que los adultos estamos muy ocupados en los problemas que la subsistencia y el éxito profesional nos imponen. En este contexto de orfandad, los niños hacen ruido -o silencio, que a veces es más fuerte que el ruido- y los adultos necesitan acallarlos con estrategias atravesadas por el “¡Llame ya!”, “Resuélvalo ya”. Sin embargo, la infancia necesita tiempo, tiempo para ser alojada, tiempo para desplegarse, tiempo parta crecer, tiempo para ser escuchada en sus alegrías y en sus sufrimientos, y no puede, ni debe, ser acallada con diagnósticos inmovibles y medicaciones eternizadas.

Asimismo, asistimos a un tiempo en el cual las patologías aparecen en los niños a edades cada vez más tempranas, con adultos con pocas posibilidades de sostén, lo cual nos hizo reflexionar que ya no sólo se trataba del supuesto Déficit de Atención (ADD), sino que múltiples siglas se estaban imponiendo en la infancia, haciéndonos perder la dimensión de lo grave y la especificidad de los diagnósticos psicopatológicos. ADD, Trastornos Generalizados del Desarrollo (TGD) Trastorno del desarrollo intelectual (TDI), Autismo y Trastornos del Espectro Autista (TEA) según el nuevo DSM-V, han ido ganando terreno como modos de clasificar y medicalizar la infancia, ya que para cada cuadro existe una estrategia medicamentosa específica en la cual se pone todo el acento en lo biológico y hereditario, perdiendo de vista las múltiples determinaciones subjetivas.”

Asimismo se ha reflexionado acerca de cómo se constituye subjetividad en esta época, de las violencias que nos atraviesan, de los modos de vincularidad temprana que propician ciertas modalidades subjetivas; del cuestionamiento de las etiquetas diagnósticas, de la patologización y medicalización de la infancia, de los encuentros y desencuentros que se producen hoy en las escuelas, de las promesas incumplidas de inclusión, de los niños que no pueden aprender y atender a lo escolar, de los desafíos del trabajo interdisciplinario. Todo lo que indica que se está produciendo lo que Silvia Bleichmar denomina “el despojo de la infancia o el fin de la infancia”.

Allen F. (2009) afirma que “Habrá un masivo sobre-tratamiento con medicaciones que son innecesarias, caras, y muchas veces bastante nocivas. El DSM-V aparece promoviendo lo que más temíamos: la inclusión de muchas variantes de la normalidad bajo la rúbrica de enfermedad mental, con el resultado que el concepto nuclear de trastorno mental queda grandemente indeterminado”[iii]

El cúmulo de conocimientos científico-técnicos está cambiando cada cinco años. Esto trae como consecuencia que los colegios, incluso los de mayor nivel, no sepan en este momento qué darles a los niños, de modo que, por las dudas, le dan todo. Y como las escuelas tienen además que vender sus programas, y la incertidumbre de los padres respecto al futuro es enorme, los niños llegan a los consultorios totalmente estresados, con depresiones y síntomas que en otra época no se presentaban en la infancia.

“La mayoría de los profesionales realizan diagnósticos que se realizan sobre la base de conductas observables, donde no se considera la dimensión subjetiva (psíquica), la historia del niño, sus condiciones de vida o las características de su escolaridad. De esta manera, hemos visto niños que venían armando un aparato psíquico con fallas en su estructuración, con trastornos en su pensamiento, niños con importantes inhibiciones que incidían en su rendimiento escolar, niños atravesados por situaciones de violencia, secretos familiares, etc.; sin embargo, en todos los casos el diagnóstico que se les adjudicaba era el mismo: Trastornos de Déficit Atención con o sin Hiperactividad (ADD o ADHD). De esa manera quedaban agrupadas diferentes conflictivas psíquicas intra e intersubjetivas en la misma categoría diagnóstica recibiendo todo un tipo de tratamiento donde se privilegia el medicar”[iv] sin solicitar una interconsulta psicodiagnóstica que facilita la comprensión de un niño en particular en su contexto familiar y escolar.

[i] Consultar a Gisela Untoiglich en ¿Niños o síndromes? de Gabriela Dueñas (2014) (comp.) Buenos Aires, ed. Noveduc, (págs. 13-17).

[ii] Dolto, Françoise (1986) La causa de los niños. Buenos Aires, ed. Paidos, pág. 135.

[iii] Allen, F. (2009) A warning sign on the road to DSM-V: Beware of Its unintended consequences. En Juan Vasen (2011) Una epidemia de nombres propios. Buenos Aires, Paidos, págs. 20-21

[iv] Rosa Silver en Gabriela Dueñas, Ob. Cit, pág. 269