Las relaciones vinculares en la familia (II)

LA INFLUENCIA DEL PADRE (2)

“El infierno son los otros” (J. P. SARTRE)

La paternidad es, efectivamente, la consagración de la personalidad masculina. Al convertirse en padre, dando su nombre al hijo, el adulto alcanza la igualdad con su propio padre. Es una valorización social al mismo tiempo que el abandono definitivo de la propia infancia.

La paternidad puede, entonces, volver a poner en duda la estructura psicológica del hombre inconscientemente inmaduro. Puede volver a poner en duda especialmente la ubicación del hombre en la pareja, despertando los fantasmas inconscientes, las angustias edípidas, las agresiones y la culpabilidad del hijo respecto al padre. La paternidad puede poner en duda la disposición del sujeto y de su identidad en la cadena de las generaciones. A través del hijo, el padre revive su propia infancia. El adulto, que ha debido renunciar al egocentrismo de su propia infancia, siente nostalgia a través de la imagen de su hijo. Y eso en el momento en que la paternidad impone nuevas responsabilidades y exige una mayor afirmación de la autoridad viril.

Si el padre se identifica demasiado con la mujer y si se siente culpable de las ansiedades del embarazo, aumenta su inseguridad interior. Hasta puede llegar a estar celoso del niño, considerándolo como un intruso en la relación de la pareja.

También algunas neurosis se presentan con la paternidad. Frecuentemente se disimula con pretextos de preocupaciones materiales, dificultades profesionales o de alojamiento, inquietudes por la salud, etc.

Al contrario, para un hombre que ha llegado a su plena madurez afectiva, un niño no deseado conscientemente por razones materiales o sociales, puede ser perfectamente tolerado inconscientemente. Mientras que un niño deseado conscientemente por un padre inmaduro, se convierte en causas de perturbación despertando en el inconsciente paterno angustias infantiles.

EJEMPLO DE LA INTERFERENCIAS INTER GENERACIONALES

GENERACIONES EN CONFLICTO2

He aquí lo que se sucede al señor Fernado, atormentado por la insuficiencia del trabajo escolar de su hijo. El señor Fernando se ve indeciso, tímido, tratando de justificar su acción constantemente. Es el tercer y último hijo de una familia media, dirigida por un padre dulce y tierno pero que aplica principios estrictos. El señor Fernando ha estado siempre estrechamente sometido a su padre. Aparentemente le dedica una admiración sin límites: “Ha guiado toda mi vida absolutamente”, declara. En lo que a la educación se refiere, lo invoca siempre y se remite a la que él mismo ha recibido. Después de sus estudios comerciales, el señor Fernando eligió la profesión de su padre, con quien trabaja siempre. Su matrimonio fue decidido y organizado por sus padres. Después del casamiento el joven matrimonio vivió con los padres del señor Fernando durante seis meses. Y cuando, por la insistencia de su joven mujer, acepta dejar el hogar paterno, hace construir un edificio al lado de la casa de sus padres. 

Cuando el hijo nació, el señor Fernando se sinti´ño abrumado por preocupaciones y responsabilidades educativas y temores por la salud de su mujer, de cuyo embarazo se sentía responsable. Cedió a sus padres la educación del niño. Éstos lo mimaron y sobreprotegieron demasiado. El señor Fernando reprobaba esta actitud para sus adentros. Pero no se permitía intervenir. Se sentía “muy joven”, según dice, y sin experiencia suficiente. En realidad era más que nada, incapaz de ponerse firme frente a su padre y menos aún de oponerse. “Mi padre es tan bueno que jamás estamos en oposición”. El señor Fernando sigue siendo el niño sobreprotegido y asfixiado por la sensibilidad posesiva de su padre, compuesta de imposiciones y ambivalencias.

Desde su nacimiento, el niño representa para el señor Fernando una inseguridad: lo incita a tomar el lugar de su padre, afirmándose como hombre y accediendo a la paternidad. Sometido a su padre, prisiones de los deseos posesivos de éste, el señor Fernando entiende que su hijo debe ser, como él, un objeto pasivo y sumiso.

El señor Fernando, en el fondo sigue siendo un niño. Siempre ha observado a su hijo con el temor de que actúe con autonomía. Siempre ha condenado en él toda manifestación de independencia, toda afirmaci´ñon de su paternidad y se siente culpable. El niño está inconscientemente marcado por esta condena paterna. Aquí, la cadena de las generaciones afirma su continuidad en la inhibición de los padres. El abuelo, tierno y dulce, afeminado, ha mantenido a su hijo en estado de sumisión infantil. Y éste, a su vez, retiene a su propio hijo en su ansia de sofocar su vitalidad. 

Por supuesto, nada de eso es notado por los interesados. El señor Fernando, como su padre, se considera un padre modelo, afectuoso y consciente. Y todos a su alrededor lo consideran como tal, empezando por su hijo. Es aquí donde el drama se atasca. No percibida, no mencionada, la angustia agresiva y mutiladora, disimulada bajo la conciencia tranquila, despliega todo su poder energético para matar al hombre en el niño y al futuro padre en el hijo.

Se comprende que, con tales relaciones, el niño no se pueda identificar con la imagen paterna. La alteración de la función paterna entraña la de la función materna. De este modo, las relaciones de la pareja son las que perturban al hijo. Sólo puede protegerse con la sublevación agresiva, la pasividad o la represión de su propia energía de relación.

Hemos dicho que el padre, aunque no aparezca como la primera relación directa del niño, está presente a través de los sentimientos de la madre a su respecto. He aquí el ejemplo de una madre que rechaza efectivamente al padre cuando nace el hijo:

Padres e hijos en conflicto

Al nacer Pedro, la señora Julia manifiesta que su sueño se ha realizado. “Tener mi hijo” (sic). Desde entonces se consagra exclusivamente al niño “Es trabajo de la madre” le dice al padre. “Tú no tienes que ocuparte” y agrega: “Además no serías capaz”. Inconscientemente la señora Julia reproduce la situación de su propia infancia, en la cual fue acaparada y sobre protegida por su madre. Consecuentemente, Pedro va a experimentar al padre a través  de los sentimientos de hostilidad inconsciente de su madre. Ésta condena en él toda manifestación de combatividad. Obstruye el desarrollo de su naturaleza masculina. Pedro, pasivo, obedece al deseo materno y no puede realizarse por falta de una imagen paternal valedera. No puede identificarse ni afrontar ese padre anulado y eliminado del hogar por el inconsciente materno.

Esa misma ausencia de un padre verdaderamente valorado y aceptado por la familia, aparece frecuentemente como causa de serios problemas juveniles. En efecto, el niño que no ha podido tener como apoyo un padre vigoroso y amante siente su maduración afectiva bloqueade.a. No puede afrontar y superar la angustia de la rivalidad paternal, ni participar, por identificación en esta fuerza viril. Al faltarle esta experiencia maduradora… su sensibilidad de niño permanece flotante, manteniendo las exigencias pueriles de las compulsiones inconscientes. Al continuar obedeciendo al inconsciente materno, rechaza al padre y su autoridad y por extensión toda autoridad. Y buscará el contacto con los demás por medio de la violencia y la delincuencia. Pero se trata de una violencia que delata la angustia más profunda de un ser que se siente permanentemente amenazado. Otra vez el sistema de la inadaptación expresa algo que no puede manifestarse directamente el miedo y la rebelión protectora se disimulan bajo una violencia aparente.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.