Las relaciones vinculares en la familia (III)

LA INFLUENCIA DEL PADRE (III)

EL PATERNALISMO

PATERNALISMO FATAL

El amor paterno puede por lo tanto ser perturbado por múltiples desviaciones. Las más frecuentes son el autoritarismo intolerante, la violencia y la agresividad, o al contrario, el renunciamiento, la abdicación y la claudicación., Pero existe también el amor paterno acaparador, especialmente sofocante.

Una de las formas de esta relación egocéntricas el paternalismo que se esconde -como el materialismo- bajo la forma de un amor solícito. De allí la dificultad para descubrirlo a veces y para captar los mecanismos que pueden, por otra parte, prolongarse sobre el plano social. También puede suceder que el padre haya experimentado por su hijo, desde sus primero años, una ternura erótica que teje inconscientemente un lazo demasiado fuerte para el niño.

Semejante amor paternal sofoca y paraliza al niño, en vez de llevarlo a la autonomía. Lo que hace particularmente temible esta acción tutelar afectiva, es que desarma al que sujeta. La autoridad brutal puede alimentar la sublevación o suscitar la combatividad. En cambio, el paternalismo, con sus manifestaciones de amor posesivo, inhibe las fuerzas de emancipación. Ata al sujeto con lazos de ternura aparente que le impide afirmarse y lo obligan a seguir siendo un objeto para el padre abusivo. El niño, al no poder evolucionar, no puede ubicarse ni alcanzar su autonomía frente a los demás. La tendencia natural hacia la emancipación debe ser reprimida y en cuanto intenta manifestarse provoca sentimiento de culpabilidad. Entonces la angustia es considerable, pues la sensación de culpabilidad aumenta cuando hay que liberarse de un compromiso que se cree amante y no pide más que amor y sumisión.

Al extremo de que algunos adolescentes, acorralados por un amor paternal posesivo, más o menos erotizado inconscientemente, no pudiendo ni eliminar a ese padre, ni desprenderse de él, llegan al suicidio. Solamente su propia destrucción puede responder a la angustia de sentirse totalmente poseído, en el momento en que la pubertad le exige su liberación. En algunos casos, el homicidio puede ser otra solución liberadora, a menos que una sumisión total lo incline hacia un comportamiento homosexual.

Se sabe que, en la educación, no hay peor abuso que el chantaje afectivo, particularmente la presión autoritaria en nombre del amor que se le profesa al niño y del agradecimiento que él adeuda.

HAZ LO QUE DIGO Y NO LO QUE HAGO

El paternalismo no es menos deplorable para los que lo practica. Los mantiene en una actitud egocéntrica en la medida en que se afirma su omnipotencia sobre el prójimo. Generalmente es el deseo de mantener al prójimo bajo su dependencia lo que determina la conducta paternalista, bajo la máscara del amor. Aduciendo, sí es necesario, que hay que “hacer el bien a los demás a pesar de ellos y si es preciso contra ellos”.

Sólo el conocimiento de sí mismo puede permitir, a padres aparentemente bienintencionados, pero abusivos, tener conciencia de sus tendencias captativas profundas. Podrán entonces reducir su necesidad de autoridad y su deseo de obtener la sumisión pasiva del hijo. Podrán aceptar la idea de que educar un hijo es llevarlo a su autonomía, es decir, a su independencia personal. O sea, disponerse a perderlo como hijo, lo que supone amarlo más allá de sí mismo.

Pero aclaremos, ¿Qué es esto de perderlo como hijo?, pues dicho de esta manera seguramente puede llegar aterrorizar a muchos adultos. El vínculo padre-madre-hijo permanece durante toda la vida. Lo que se pierde es el tipo de vínculo respecto de la etapa por la que está pasando el hijo. Es decir, estamos hablando no sólo del desarrollo de un niño sino también del desarrollo de la paternidad. No es lo mismo ser padre de un bebé, de un niño, de un adolescente o de un adulto. El desarrollo del niño necesita que también los padres vayan evolucionando en el ejercicio del la función paterna, es decir, ser padre o madre implica la maduración necesaria para cambiar la manera de relacionarse con sus hijos cuando se van cumpliendo las distintas etapas: bebé, niño, puber, adolescente, adulto. Si los padres no evolucionan en sus relaciones vinculares con sus vástagos, éstos no pueden por sí solos alcanzar en plenitud cada etapa y pasar a la siguiente, salvo, como ocurre en muchos casos, con conductas inadecuadas y a veces alteraciones profundas que hacen necesaria la ayuda de un profesional.

La actual evolución social, al reducir el prestigio de la autoridad paterna, ha contribuido a estimular los deseos inconscientes de reducir el papel del padre. La necesaria emancipación de la mujer y el niño en la vida familiar, el justo reconocimiento de sus derechos, han traído una disminución correlativa de la omnipotencia paterna. Muy a menudo el prestigio del padre ha sido rebajado. Para remediar esto, algunos asumen la actitud pueril de “padre-compinche”, procurando ponerse al nivel del niño, en vez de ofrecerle un modelo para imitar. Y este modelo debe ser siempre superior, es decir maduro, frente a la inmadurez del niño.

Es importante que ese desarrollo democrático de la familia no lesione el vigor de la imagen paterna ni lo que ella debe representar, como fuerza psicológica, para la madre y los hijos. Pues frecuentemente, la experiencia muestra que el niño siente al padre a través de lo que experimenta la madre. Si inconscientemente la agresividad materna rechaza o disminuye al padre, el niño tiene mucha tendencia a imitar ese rechazo.

Ejemplo: Los padres de Juan examinan con una re-educadora la ayuda que pueden brindarle en la casa. El padre ha venido contra la voluntad de su mujer, quien estima que “él no entiende nada de chicos”. “Además -dice ella- cada vez que interviene lo hace en forma contraproducente.” El padre, al contrario, parece satisfecho y propone ayudarlo en sus ejercicios en la casa. Pero su mujer interviene con violencia: “Lo aturdirás, no lo comprenderás, lo harás perder el gusto a su trabajo. Me opongo absolutamente”. Ante esta salida agresiva, el padre, molesto y conteniendo su enojo, dice: “Buenos, haz lo que quieras con tu hijo…” Aquí vemos como en esta lucha entre “es mi hijo” y “es tu hijo” el niño se encuentra desamparado y es utilizado como objeto en las desavenencias de la pareja conyugal. Absorbido por el deseo posesivo de la madre y la abdicación del padre, el menor pasa a convertirse en víctima de su disputa parental y no le queda otro recurso que revelarse y denunciar el conflicto en el que está inmerso mediante un síntoma: su bajo rendimiento escolar

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