LAS RELACIONES VINCULARES EN LA FAMILIA (I)

LA INFLUENCIA DEL PADRE

“En el juego del deseo los dados están cargados”

Françoise Dolto

Padres y bebé

Si hablamos primero del padre, a pesar de que aparentemente se manifiesta después que la madre en los sentimientos del niño, es porque, de hecho, él simboliza la interdicción y la fuerza disciplinante que permite, por el dominio de los deseos, la formación psíquica del ser humano. Por otra parte, el padre es uno de los elementos constitutivos  de la sensibilidad materna.  La madre será realmente mujer sólo en la medida en que acepte y ame al padre. Pues a través del padre, el niño, su producto, será admitido y amparado por la sensibilidad materna. El hijo del padre se convierte en la prolongación de una femineidad realizada.

El padre puede sentir al niño como una afirmación de su virilidad. Afirmación feliz, si su madurez afectiva le hace asumir con confianza en sí mismo su función conyugal y paternal. Afirmación inquietante, hasta angustiosa, si lo dominan la inseguridad y las dudas de sí mismo, o sentimientos de culpabilidad, agresividad, y aun celos. En este caso el niño por nacer será objeto de sentimientos complejos y contradictorios. Naturalmente, estos sentimientos turbadores van a influir en la madre y afectarán su propia sensibilidad y las relaciones de pareja.

El padre, en la relación padre-hijo, representa la fuerza fecundante del genitor. Junto a la madre, impone las disciplinas necesarias que regulan las relaciones en la vida colectiva. Debe ser un modelo de fuerza serena, admirable y aseguradora. Capaz de hacer aceptar, sin agresividad agustiante, los sentimientos de interdicción (los límites acorde a la edad del niño). Él es quien rompe la dualidad del hijo y la madre. Es considerado como frustrador en la medida en que impone sujeción. Pero si ha alcanzado una madures afectiva que le dé calma y dominio de sí, infunde al mismo tiempo, suficiente seguridad para hacer aceptar sin angustia excesiva lo negativo de las frustraciones. Así, los sentimientos positivos de amor y admiración pueden ayudar al niño a tolerar y sobrepujar los sentimientos negativos. El padre contribuye, con esta doble actuación positiva y negativa, a alimentar el diálogo interior del niño. Sobre todo, le ayuda a aceptar los renunciamientos necesarios para el dominio propio, ofreciéndole un ejemplo al que se puede imitar.

Por eso es tan importante que el padre pueda afirmar su naturaleza viril y que la madre y los hijos lo acepten en su función simbólica de fuerza disciplinante, sin la cual no hay renunciamientos ni domino propios.

Por ejemplo, si la madre sustituye al padre en su papel, se perturba toda la relación familiar, sea porque la madre desvaloriza al padre en su capacidad y toma su lugar, sea porque el padre está ausente o abdique su función, sea también porque la madre, bajo una aparente armonía con su pareja, no acepta plenamente la virilidad de su cónyuge. En algunos casos, los abuelos y padrastros pueden contribuir a esta sustitución de la función paternal o a su alteración.

Es importante aclarar que no debe confundirse los padres biológicos con la función paterna y la función materna. Los primeros hacen a la reproducción biogenética y  las segundas (las funciones) hacen al orden de la cultura; éstas puede ser asumidas por otras personas que no sean los progenitores biológicos ante la ausencia, por muerte o por abandono, de uno o ambos progenitores. No tener en claro esta diferencia, en muchos casos, lleva a la confusión y por lo tanto funciona como un inconveniente, muchas veces con serias consecuencias, en el desarrollo de las relaciones vinculares entre padres e hijos, especialmente en las parejas adoptantes. El niño necesita para un buen desarrollo psíquico de aquellas personas que cumplen acabadamente con la función paterna y materna. El desarrollo cerebral no es sinónimo de desarrollo psíquico y aunque ambos están íntimamente ligados, el primero se desarrolla naturalmente salvo algún inconveniente de origen orgánico, en cambio, el psiquismo en su evolución depende del contexto humano que le rodea.

Respecto de la autoridad debemos aclarar que la misma está constituida por el accionar complementario de ambos padres. Cuando los padres se contradicen no solamente desde el discurso oral sino también desde el discurso analógico (corporal o de la acción) se rompe el principio de autoridad y por lo tanto el niño entrará en conflicto pues ¿a quien sigue en su acción? Si accede a lo que dice uno de sus padres puede sentirse culpable con al cual va a contrariar y surgirá su angustia y entrará en conflicto consigo mismo.

Un ejemplo: Carlos, 15 años, está en franco conflicto con su padre. Éste, magistrado severo y rígido en apariencia, oculta una inseguridad profunda. Su autoridad se manifiesta por arrebatos precedidos por largos períodos de “dejar hacer”. La madre, suave en apariencia, pero ansiosa, toma partido por el hijo contra el padre constantemente, haciéndolo generalmente por rodeos. Así se establece una especie de complicidad entre la madre y el hijo, para minar la función del padre.

La madre -no plenamente realizada en su interior como mujer, a causa de su propia educación mal encaminada- no ha podido admitir nunca, en el fondo, la relación conyugal. Muy apegada a su propio padre, ha transmitido a su hijo una sensibilidad ansiosa. Y el hijo, en respuesta a esta fijación inconsciente con su madre, no puede ubicarse frente a su padre ni identificarse con él. Al mismo tiempo, el padre, inseguro y débil bajo una apariencia rígida, no ofrece al hijo una imagen valorable y atrayente. Siente por Carlos sentimientos ambivalentes que alternan entre una ternura posesiva y una agresividad que rechaza.

De este modo -más allá del comportamiento normal de una familia aparentemente unida-, Carlos es el objeto de los deseos inconscientes de sus padres. En vez de ser él mismo, de construirse una personalidad autónoma, ha sido y es partícipe no consciente de la sensibilidad perturbadora de sus educadores. Le ha faltado la imagen esencial del padre, por no haber sido admitida y afirmada por la pareja materna.

Solamente una ayuda profesional puede permitirle tener conciencia de su propia angustia y del papel que le hacen representar sus padres. En la actual situación familiar, su rebelión contra el padre es el único medio que tiene de vivir y de tolerar la presión de los deseos inconscientes de los adultos, sin verse dominado por la angustia de ser aniquilado por ellos. Pero así no puede ser libremente él y está condenado a no ser más que el objeto de los deseos no expresado de los adultos.

Un niño también puede ser esperado para llenar los sentimientos de inferioridad del padre inmaduro afectivamente. Puede aún ser aceptado con culpabilidad, si el padre ansioso no ha podido identificarse plenamente con su propio padre. En estos casos el niño por nacer está señalado de antemano por un designio posesivo o agresivo que paralizará su desarrollo. Este proceso se reforzará, pues la sensibilidad del niño responderá a la sensibilidad abusiva del padre con el mismo matiz de inseguridad.

Los padres agresivos, coléricos y violentos, los padres demasiado dulces, ansiosos, acaparadores o depresivos, tienen en común el ser inmaduros afectivamente. No puede asumir plenamente su función materna o paterna.