LAS RELACIONES VINCULARES EN LA FAMILIA (IV)

LA INFLUENCIA DE LA MADRE

“Quiero mucho más a mi mamá desde que no no me exige que la quiera”

(Un niño)

Amamantar
Comunicación analógica

Muy a menudo se ha subrayado la actuación decisiva de la madre y de su sensibilidad sobre el desarrollo afectivo y el carácter del niño. Es exacto que la relación biológica del feto, y luego del bebé con la madre tiene una intensidad visceral particular que se manifiesta a través del lenguaje analógico (corporal o de la acción). Pero hemos visto, al señalar el papel psicológico del padre, hasta qué punto éste determina, en parte, la sensibilidad de la madre y, en consecuencia, la del recién nacido.

La relación madre-hijo está formada por la sensibilidad materna y en especial por lo que el niño representa en la psiquis materna. El niño es, ante todo, el producto del genitor en el vientre materno. Es el signo de una relación complementaria que debe ser armoniosa. Si la madre no siente así esta relación, si una parte de su sensibilidad es inducida, más o menos inconscientemente, a rechazar o evitar al hombre, aparece la inarmonía y el niño la siente intensamente a través de su madre. Pues él mismo, por ser el producto de la relación de la pareja, se encontrará rechazado o atraído o aislado del padre, según las reacciones afectivas de la madre con respecto a esas mismas relaciones conyugales. Por más que uno o ambos padres quiera simular una relación positiva a través de las palabras, si éstas están en contradicción con el lenguaje analógico, primará este último sobre lo manifestado oralmente. Haremos referencia al lenguaje analógico en otros artículos oportunamente.

Por ejemplo: He aquí una madre cuya sensibilidad femenina no pudo desarrollarse plenamente. Un padre débil y muy apegado a su hija, y una madre fría y autoritaria, no le permitieron alcanzar su propia autonomía y goce. Captada por la ternura posesiva del padre y prisionera de las prohibiciones de la madre, no pudo aceptarse plenamente y es ambivalente respecto a la vida sexual. Las relaciones conyugales desencadenan en ella, inconscientemente, ansiedad y repugnancia. Parcialmente frígida, considera a los niños como producto paterno impuesto y agotador. Pero no tiene conciencia de esto. Se declara afectuosa, extremadamente cuidadosa de sus hijos.

Conscientemente, reacciona lo mejor posible contra las repulsiones y agresividades que la dominan. Pero esos sentimientos inconfesables mantiene su poder inconsciente y pesan gravemente sobre la sensibilidad de sus hijos. El mayor, que ha sentido especialmente este rechazo “¿inconsciente?” de su madre -a través del lenguaje analógico- está enfermo constantemente, fracasa en el colegio; efectivamente, se hace rechazar por la “vida”. Sin notarlo, está realizando el deseo materno. No debe existir. Sólo puede sobrevivir condenándose inconscientemente y reprimiendo la agresividad que lo rebelaría contra el deseo materno que lo amenaza.

De este modo, la realidad psicológica profunda está en contradicción con la voluntad aparente de la madre y del hijo. Los dos hablan abundantemente de sus buenos deseos y su amor recíproco. Aquí, en realidad, las palabras lanzadas como protección contra las tendencias destructivas recíprocas. El amor expresado verbalmente, no compensan la falta de amor ni el oculto rechazo experimentado a través del lenguaje analógico.

Función psíquica de la madre

La madre es el centro y la casi totalidad de las experiencias del bebé, en los planos psicológico, afectivo, fisiológico e intelectual a la vez. Es alimento (succión y gusto), audición (sonido), movimiento, caricia, vista, asidero, seguridad, satisfacción e insatisfacción, dadora y frustradora. Por la suma de estas sensaciones ella  es el alimento esencial del desarrollo mental primigenio. Es decir que la actitud afectiva de la madre determina la atmósfera total en que vive y se desarrolla el recién nacido. Todavía indiferenciado, el bebé sólo puede responder casi pasivamente a lo que lo rodea, a falta de un “yo psíquico” constituido que daría cierta armazón a su disponibilidad.

La madre es fuente constante de provocación y estímulo. Es sentida como fuente de satisfacción y de insatisfacción. Es ella quien dirige al bebé, no solamente hacia lo que le conviene a él, sino hacia lo que le resulta agradable a ella. Y eso más allá de su acción consciente, pues inconscientemente es movida por deseos, prevenciones, fijaciones afectivas, que revelan un modelado recíproco inconsciente, un intercambio de sensaciones muy profundo.

Pero esta comunicación primaria de la madre y del bebé, no elaborada psíquicamente aún, constituye el lenguaje analógico (que nosotros entendemos que es más que un simple lenguaje corporal) diferente del lenguaje del adulto. Por cuanto en ese primer diálogo hay desigualdad entre el niño y el adulto. El niño sólo puede comunicarse a través del lenguaje analògico con signos susceptibles de traducir su experiencia y no recibe de la madre más que respuestas frecuentemente indescifrables para él pues su nivel de lenguaje implica mensajes no comprensibles para la madre que enfrascada en su discurso digital u oral no utiliza su olvidado lenguaje corporal que perfectamente sabía dominar en su propia infancia y que fue negado por creer -o le han hecho creer- que la única forma de comunicación y la más privilegiada es la palabra o “lluvias de palabras”.

Desde el inicio predomina el “yo corporal” sostén y precursor primero, a partir del tercer mes, del inicio del “yo psíquico” y del lenguaje interno y, posteriormente, del lenguaje digital u oral.  En el “yo corporal” convergen las sensaciones cinestésicas y viscerales, en función de reacciones interiores y psicocorporales percibidas convergentemente con el lenguaje corporal y oral de la madre que le facilitará al niño la construyendo de sus psicopercepciones, es decir, que el bebé a su tiempo va dando significado a lo que siente y por lo tanto construyendo su lenguaje interno. Es cuando un movimiento corporal va adquiriendo intencionalidad de dar un mensaje significativo que el adulto debe decodificar para luego darle una respuesta adecuada al bebé.  Todo está en función del clima afectivo creado por la madre y complementado por el padre indirectamente a través del bienestar y seguridad que le brinda a la progenitora y directamente acorde a la relación que establece con el pequeño. Por eso la respuesta a la sonrisa, que generalmente aparece a partir del tercer mes, puede aparecer al quinto y aun al sexto mes, según las reacciónes maternas y el contexto que la rodea.

Por otro lado, la madre también reacciona de acuerdo con la personalidad del niño, según sea huraño, lento, precoz, difícil o afectuoso. Reacciona también de acuerdo con su medio social y familiar, sus tradiciones y su propia maduración afectiva.

La intensidad y hondura de las comunicaciones afectivas que ligan al lactante con la madre, forman una relación de posesión recíproca o, como hemos llamado “un egoísmo de dos”. No se da un diálogo entre dos seres diferentes y autónomos, sino una confusión y participación recíprocas. El niño se siente como parte del cuerpo materno. Y la atención de las respuestas maternas a sus necesidades mantiene esta sensación de comunión. La necesaria presencia del padre facilitará en el tiempo la posibilidad que el niño sea reconocido como un otro por la madre y salir de esa etapa de relación fusional.

La sensibilidad materna, por la intensidad de los lazos hijo-madre, tiene sin duda mayor tendencia a sentir al niño como objeto de posesión. De esta forma el niño es considerado como si tuviera que procurar satisfacciones afectivas de compensación. La madre que no encuentra, en una madurez suficiente y en sus relaciones de adulta, una respuesta a sus necesidades, tendrá una tendencia inconsciente a reclamársela al hijo. Éste, antes de ser él mismo, será, pues, el objeto de las manipulaciones afectivas maternas. Los deseos y agresividades inconscientes de la madre pueden absorber al niño hasta el punto de hacerle desempeñar un papel pasivo.