LAS RELACIONES VINCULARES EN LA FAMILIA (V)

LA INFLUENCIA DE LA MADRE (2)

maternidad

La sensibilidad materna puede variar considerablemente. Para empezar, está la buena madre para quien el niño es fuente de profundas satisfacciones. Ella lo siente como carne de su carne y siente una alegría narcisista. Paro también están las madres cuya inmadurez afectiva trae reacciones perturbadoras. Las que no aceptan al niño y lo rechazan inconscientemente. Las que se sienten culpables de su rechazo hostil, oscilando entre la complacencia excesiva y la hostilidad agresiva. Y, por último, las indiferentes que abandonan efectivamente al hijo.

René Spitz ha precisado instructivas precisiones sobre las consecuencias de esas diferentes conductas maternas. El abandono afectivo con separación prolongada produce en el lactante una depresión que puede llegar hasta la apatía y la muerte. Al contrario, la solicitud ansiosa y exagerada puede provocar trastornos digestivos.

La carencia materna, en un momento dado del desarrollo, si es total y prolongada, puede provocar lesiones irreparables. Pues al adquirirlas en el momento de la formación del “yo”, éste se encuentra más tarde en un contexto evolutivo diferente. Parece ser el caso de lo que se ha llamado los niños-lobos. La detención de su maduración a causa del abandono en su primera infancia, ya nunca podrá ser colmada completamente cuando alcancen una edad más avanzada, cualquiera sea la clase de cuidados ulterior.

Siendo la madre fuente de vida para el bebé, su desaparición, si no es reemplazada, surte un efecto equivalente a la muerte. Para el niño sin su “yo” formado todavía, sin apoyo por la incoherencia de sus sensaciones fragmentadas, la confusión es total. Para el bebé, cuya disponibilidad está todavía desarmada, la pérdida de la madre equivale al hundimiento del mundo.

La madre como una persona que cumpla la función materna siempre acciona como un “yo auxiliar” que le facilita la decodificación de los mensajes analógicos del bebé y los recodificalos para darle al niño las respuestas adecuadas.

El maternalismo

No podemos entrar aquí en el detalle psicológico de estas relaciones perturbadoras. De todos modos nos pare útil insistir sobre un aspecto bastante divulgado de la sensibilidad materna. Se trata del amor maternal captativo, que arriesga sofocar al niño con esa relación posesiva que hemos llamado “maternalismo”, por analogía con paternalismo.

La propiedad del amor captativo es la de amar posesivamente o sea, egoístamente. La madre que ama captativamente quiere, de modo inconsciente, someter al niño a sus sentimientos, doblegarlo a sus exigencias o a sus designios. Pretende recibir del niño pruebas de amor, de obediencia, de sumisión, de ternura. Lo ama por las satisfacciones que le puede dar y no por él mismo. No puede admitir al niño como personalidad auténtica, llamada a afirmarse en la autonomía, y por lo tanto, diferente de ella. Son las insatisfacciones de su propia infancia, sus deseos inmaduros, lo que captan al niño y lo utilizan “cargándolo”con su omnipotencia afectiva, sin que ella lo sepa.

Generalmente, la madre captativa queda muy sorprendida cuando se trata de hacerle comprender el egoísmo y arcaísmo de su conducta afectiva. El carácter imperioso, vigilante y exigente de su amor ávido, se presta fácilmente a confusión. Ella lo invoca como prueba real de su amor; lo opone a la indiferencia relativa de otros padres, por ejemplo el padre que, en comparación, puede parecer frío. Así, ella se considera como una madre amante y excepcionalmente entregada, exactamente como los que practican el paternalismo y disfrazan su egocentrismo con manifestaciones de simpatía.

El amor captativo con que se expresan los deseos insatisfechos del adulto, hace prácticamente imposible una acción educativa sana. Efectivamente, la madre que sigue sus propios sentimientos inconscientes no puede ponerse en el lugar del niño. Por lo tanto, difícilmente podrá comprenderlo y ayudarlo en su evolución.

Siente los errores del niño como un ataque personal y reacciona, en consecuencia, como si las faltas que él comete estuvieran dirigidas contra ella. Tiende a hacer del niño un objeto de satisfacción de sus deseos. De ese modo, todo el comportamiento del niño se encuentra “sensibilizado” en función de sus relaciones con la madre. Aun las funciones más orgánicas y elementales: comer, orinar, sentarse en el baño, vestirse, lavarse, trabajar, ejercer cualquier actividad motriz, se convierten en medios de agradar a la madre, o de vengarse o de acapararla. Son conocidos los chantajes afectivos que el niño suele utilizar, siendo uno de los más comunes el de la comida. “Se necesitan tres horas para hacerlo comer”… Cualquier conflicto, cualquier oposición a esta dictadura afectiva, se traducirá en perturbaciones o inhibiciones en la actividad y las funciones del niño. Y, en consecuencia, su propia formación psíquica estará amenazada y mutilada.

La madre abusiva no puede desligar su amor maternal de sí misma, pues no puede encontrar satisfacción suficiente en sus relaciones de adulta. Por lo tanto, ata el hijo a ella, en vez de ayudarlo a liberarse progresivamente. En este sentido, realiza una contraeducación, pues educar hijos es acostumbrarlos progresivamente a no necesitarnos.

En cambio, la madre con seguridad inconsciente, que ama con un amor oblativo y sano, puede sentir a su hijo como un fin y no como un medio. Sus satisfacciones personales pasan a segundo lugar, después de las del niño, y nacen de la comprensiva alegría que siente por la expansión y la afirmación progresiva  de aquél. Es capaz de amar a su hijo más allá de sí misma porque puede, por su madures, vivir una vida afectiva adulta satisfactoria.

Es muy frecuente que el amor maternal abusivo se exprese por medio de escrúpulos excesivos. El hijo se convierte en objeto de preocupaciones constantes. Las madres intelectuales, cuyas cualidades de espíritu, orden, exactitud, método, cuidado del alimento equilibrado y de la higiene, prevalecen sobre la espontaneidad, tienen tendencia a amar de esta manera inquieta o autoritaria. Muchos niños anoréxicos tienen madres cuyo instinto materno está de tal modo perturbado. El mismo padecimiento tienen a veces los hijos únicos que concentran toda la sensibilidad materna. Igualmente un niño adoptado, pues la madre adoptiva multiplica sus intervenciones con el fin de calmar el temor de no esta a la altura de su papel materno. Algunas madrastras tienen esa misma tendencia a ser excesivamente escrupulosas. Como el niño adoptado, huérfano o víctima del divorcio de sus padres, se siente inconscientemente inseguro , reacciona con una mayor agresividad respecto a su madrastra. Ésta, así provocada, responde en el mismo tono.

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Los escrúpulos exagerados son especialmente visibles en la madre de un niño discapacitado. Estos escrúpulos disimulan generalmente una agresividad y un deseo de muerte inconscientes contra el discapacitado que hiere el orgullo y provoca la culpabilidad materna. Esta agresividad inconsciente se expresa a través de las entonaciones, los gestos, las recompensas o frustraciones impuestas al niño, que éste siente intensamente. La sobre protección materna compensatoria es aceptada por el niño, más como protección contra el rechazo inconsciente que como necesidad real.

De hecho, la mayoría de los niños alguna invalides viven su deficiencia sobre todo a través de los sentimientos de quienes los rodean. Y es particularmente la madre quien vive el defecto de su hijo y la que, por ósmosis, le contamina su sentimiento de mutilación.

El nacimiento de un niño con alguna discapacidad encuentra a la mujer, en el momento del parto,  en unos de los períodos más sensibles y vulnerables de su vida afectiva y por lo tanto se produce una herida narcisista que de no ser asistida, le trastocará la relación con el recién nacido. La madre, en un principio, se cierra sobre sí misma y necesita elaborar sus sentimientos de culpa, frustraciones y se encuentra ante un cúmulo de interrogantes sin respuestas. Lo mismo sucede con el padre y por lo general entra en conflicto con su propia capacidad reproductiva lo que lo lleva, por frustraciones que no puede elaborar sin la ayuda pertinente, a tomar decisiones de fuga o abandono en vez de asumir una actitud que lo lleve, junto a su pareja, a elaborar de la mejor manera posible cómo ayudarse para salir de sus frustraciones y actuar de una manera activa para superar el dolor, la desilusión, y enfrentar la situación de la mejor manera posible para buscar las soluciones que la comunidad pone a su alcance.