Las relaciones vinculares en la familiar (VI)

INFLUENCIA DE LA PAREJA

Amor 2

El padre y la madre influyen en el niño no sólo por su comportamiento individual, sino también por la naturaleza de sus relaciones conyugales. Por otra parte los dos comportamientos son indisolubles puesto que, como hemos visto, el grado de madurez afectiva del adulto está condicionado por la aceptación en profundidad de su papel sexual del hombre o de la mujer. Es esta madurez la que los hace armoniosamente complementarios.

Si hay angustia y agresividad, nacidas de inseguridades profundas, se produce la desarmonía. Las reacciones ansiosas inconscientes provocan conflictos. El niño captará las relaciones conflictivas de sus padres. Las imágenes de la madre y el padre serán sentidas como amenazándose mutuamente y surgiendo en el niño el temor de ser abandonado por uno o ambos padres.

Otra vez aquí la experiencia confirma que la discordia de la pareja origina inquietud en el niño. Las tres cuartas partes de los niños que padecen dificultades de comportamiento y de carácter, tienen padres que no se entienden. En casos extremos de niños antisociales y agresivos, se comprueba que sólo han conocido la relación familiar a través de la violencia y la agresividad que enfrentaba a los padres uno contra otro. Desde entonces, la relación humana, la relación del hombre y la mujer, la relación sexual, estará para ellos privada de amor y de ternura, para ser sólo hostilidad peligros y amenazante.

El niño, producto de la relación de los padres, es sentido inconscientemente por éstos, con los mismos sentimientos que alimentan su discordia. La madre, por ejemplo, puede rechazar al hijo, producto del padre, o tratar de sublevarlo contra él. Podrá tratar de condenar en el niño todo lo que evoque al padre, empezando por su naturaleza masculina. De tal modo, destruirá en el hijo toda posibilidad de afirmación de su virilidad, o creará en la hija una hostilidad contra el hombre.

El padre por su lado, puede intentar acaparar al niño o rechazarlo como parte de la madre. Hemos citado varios casos de estos comportamientos paternos y maternos. Es fácil comprender cómo puede perturbarse la sensibilidad profunda de un niño, con la suma de estas conductas en la pareja. Su aprendizaje de la relación humana se verá forzosamente turbado, y el niño, que ya está enfrentado a sus propios fantasmas, los ve, así, doblemente angustiosos. A la inseguridad de los deseos inconscientes insatisfechos se agrega la inseguridad de un medio humano donde dominan agresividades y rechazos mutuos.

Estas situaciones alcanzan una fuerza angustiante particularmente grave, cuando los dos padres intentan utilizar al niño para atacar agresivamente a su contrincante.

desamor

Ejemplo: La pareja de la familia Storm, que se ha divorciado. Los hijos -dos varones de 11 y 13 años- ha sido confiado al padre, pero con derecho de visita para la madre. La madre trata de quitar la tenencia de los hijos al padre. Después de una visita, se niega a mandárselos. Finalmente acepta quedarse con el mayor solamente, y devuelve al menor, no sin haber hecho todo lo posible para sublevarlo contra el padre. El padre pide ante el juez el retorno de su hijo mayor. El juez apela a los expertos. La situación desgarradora de los niños se prolonga así varios años.

El resultado es una disminución del equilibrio afectivo de los niños, que ya era bastante endeble antes del divorcio por causa de la desarmonía inconsciente de los padres, la tendencia captativa y sofocante de la madre y la agresividad angustiosa de un padre rechazado y poco seguro de sí mismo, oscilando entre la seducción y la ira.

El divorcio y el conflicto abierto reducen a los niños al papel de objetos pasivos que los cónyuges se disputan. El odio agresivo de la madre los utiliza para herir al padre y viceversa: cada uno se esfuerza por hacer brotar en la sensibilidad de los niños el odio contra su ex cónyuge.

El mayor, ansioso, ya no trabaja en el colegio. Tiene pesadillas en las que predominan los temas de mutilación o muerte violenta. La impronta materna ha sido más fuerte sobre él. Teme y rechaza a su padre. La situación edípica no ha podido ser resuelta. Es negada utilizando el rechazo del padre por la madre. Los fantasmas homosexuales predominan allí donde el niño renuncia su propia virilidad por la imposibilidad de identificarse con la imagen paterna y de renunciar a la fijación materna. No habiendo sido posible un tratamiento psicológico, el comportamiento homosexual pasivo se hará más evidente en la pubertad.

En cuanto al segundo hijo, menos influido por la madre, se inclinará más hacia el padre, pero con una poderosa ambivalencia afectiva. Considera la relación humana como agresión recíproca, sin amor ni ternura. Agresivo e inestable, tiende a fugarse. Su frustración en el plano materno se traduce por pequeñas escapadas, escapadas de compensación afectiva. Trata de apaciguar la carga libidinal frustrada con una masturbación compulsiva; su inadaptación social se irá reafirmando. En adelante sus relaciones con el prójimo estarán sobrecargadas de los sentimientos de inseguridad que marcan el clima familiar. Es previsible el comportamiento delincuente.

Indudablemente, éste es un caso extremo. Pero existe toda una gama de casos intermedios en los cuales, bajo la apariencia del entendimiento, se enmascara la desarmonía afectiva de los padres, que se manifiesta mucho más frecuente de lo que se supone respecto a los hijos. Es, en efecto, inevitable que el niño se sienta como parte de los cónyuges, o sea, parte de su desarmonía. Es por eso que ninguna psicoterapia infantil puede ser completamente eficaz si la pareja no participa de ella. El niño sólo puede reformarse interiormente si se enfrenta a las imágenes paterna y materna sobre las cuales se ha formado y que él ha interiorizado. Al separarse la pareja, la agresividad que ha destruido la unión conyugal destruye al mismo tiempo al niño, producto de esa unión.

En la relación de la pareja donde la personalidad profunda del padre y la madre se afirma y gravita sobre el niño. A veces, la influencia turbadora de las parejas separadas se agrava, por el hecho de que los deseos inconscientes han determinado en parte la elección del compañero. Por ejemplo, un hombre inconscientemente hostil a la mujer, elige una compañera hostil o sometida a su vez, a la sexualidad y al hombre.Una mujer con tendencia viriles buscará un hombre pasivo con tendencia masoquistas o viceversa. La mujer que “lleva los pantalones” ha elegido, generalmente, un hombre más o menos invertido inconscientemente.

Dicho de otra manera, la formación de la pareja puede estar determinada -no siempre- plor la búsqueda inconsciente de una relación neurótica. La elección obedece aquí a los deseos no expresados que experimentan el padre y la madre: es como si cada cónyuge buscara en el otro su neurosis complementaria.

En estas condiciones, el niño es llevado a representar un papel en la neurosis de la pareja. Hemos visto que el inconsciente del niño registra, con una precisión e intensidad asombrosa -producto del manejo de su lenguaje analógico- las tensiones inconscientes de los padres, a tal punto que se puede hablar de un “inconsciente colectivo” producto de la comunicación que se establece a nivel analógico que va más allá o más acá de la palabra. Podríamos justificar  aquella humorada de que “las comidas de familia no deben consistir en comerse entre familiares”.

Para una madre, el hijo puede ser refugio y arma a la vez contra su marido. Para un padre, el hijo será objeto amado que se disputará a la madre celosa, u objeto de rechazo por agresividad contra la mujer. No puede ver en el hijo a una persona que sufre los embates entre sus padres.

Un clima familiar favorable puede deteriorarse a consecuencia de un fallecimiento; sobre todo si la muerte de uno de los padres se produce cuando la niños no han sobrepasado y resuelto aún la situación edípica. La realidad de la muerte, al reactiva los deseos y los fantasmas agresivos inconscientes del niño, les da un vigor nuevo que puede sobrepasar la fuerza de resistencia del “yo”. La culpabilidad angustiosa resultante puede hacer insoluble para el niño la situación edípica. Un segundo matrimonio, al reactiva los sentimientos inconscientes de culpabilidad, hará nacer también situaciones tensas y agresivas. El padrastro puede recibir la “carga” de sentimientos agresivos e incluso puede convertirse, por proyección, en culpable del duelo familiar y de la ruptura del primer matrimonio, pese a su deseo de ser aceptado por el niño. Ante esta situación la madre puede sufrir con esta situación conflictiva sintiéndose ella misma culpable respecto al niño y a su segundo marido. El clima familiar despierta las inseguridades inconscientes más profundas de cada miembro de la familia.

Lo que hace más nociva la influencia familiar perturbadora es que, nacida de tensiones y deseos reprimidos, no puede ser verbalizada. Los adultos, víctimas de su ineptitud para el diálogo auténtico, no pueden ayudar al niño a tener conciencia de sus problemas. Todos, adultos y niños, están apresado por la ley del silencia acerca de sus verdaderos sentimientos. Y todo sucede como si el niño fuera llevado a ocupar un lugar, dejando por la desunión de la pareja en la constelación familiar, en el que se encuentran viviendo una situación triangular insoluble.

En cambio, la experiencia demuestra que el equilibrio en el amor de los padres, condición de la pareja armoniosa, es tambi´ñen condición del desarrollo armonioso del niño. Y cuando hablamos del equilibrio armonioso de la pareja, se entiende no sólo la afinidad espiritual  sino también sexual, sin la cual habría insatisfacciones corporales y por lo tanto insatisfacción de deseos. Insatisfacción que alimentará inseguridades inconscientes en la pareja y que el niño captará. Mientras que el sentimiento de intimidad armoniosa de los padres es uno de los factores esenciales que llevarán al niño, en el memento del edipo, a aceptar la interdicción -prohibición- del incesto, necesaria para su maduración.

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