Las relaciones vinculares en la escuela (II)

“Qué quieres que haga con él, no me ama” (SÓCRATES)

Escuela pública

El “yo” del niño puede situarse mejor respecto a los demás. Los fantasmas fascinantes que orientan tan marcadamente la vivencia familiar, se esfuman en la vivencia escolar en provecho de la realidad. Aquí la omnipotencia de los deseos choca cada vez más al tomar conciencia de sus límites. Pero si el mágico poder de los fantasmas retrocede, es para utilizar su energía con otros fines.

Es así como el trabajo escolar puede canalizar energías pulsionales, hasta entonces consagradas a los fantasmas del inconsciente. Si la falta de interés revela una movilización de la energía libidinal hacia otros fines (narcisismo o represión), el interés, en cambio, nace de la satisfacción de las tendencias profundas, es decir, de las pulsiones del inconsciente. Esta utilización de la energía libidinal exige una progresión, a partir de los fantasmas iniciales. Por ejemplo, un niño que ha experimentado una agresividad ansiosa contra el padre, puede conocer fantasmas de rebelión, sentimientos compensadores de omnipotencia contra el hombre -símbolo de la autoridad-, luego fantasías de violencia, etc. En el colegio, esta evolución fantasmal puede continuar mucho más libremente, puesto que los participantes -el maestro y los compañeros- están menos ligados a él. El niño puede transferir sus sentimientos profundos con más comodidad. Así, partiendo de los fantasmas inconscientes iniciales, la energía pulsional, a través de los fantasmas derivados y las actividades motrices, puede desplazarse para “cargar” las actividades del grupo escolar. La función que se le exige al escolar lo ayuda para una transposición. Así puede conciliar los dos personajes que hay en él: el inconsciente, por el cual se expresan los deseos profundos, y el consciente, que se expresa en la función social.  Desde ese momento, el interés por el trabajo escolar es alimentado por esta canalización hacia la acción de la energía libidinal procedente de la vida fantasmal. La sublimación se halla facilitada por las satisfacciones narcisistas que experimenta el sujeto y se manifiesta en un lenguaje y una creación del “yo”.

Por lo expuesto, el análisis brinda al maestro la posibilidad de una comprensión más profunda del alumno. Le permite descubrir trastornos psíquicos que escapan a los padres y a los otros educadores. De este modo, puede indicar a las personas competentes los casos que exigirían una psicoterapia. Pues, dadas las transferencias y contratransferencias que resultarían, queda excluida la posibilidad de que él mismo practique el análisis con sus alumnos. Además sin la experiencia personal del docente en las horas de juego libre, acompañada por un especialista que la secunda en la tarea de la psicomotricidad relacional, muchas cosas le pasaran inadvertidas.

Sin embargo, la comprensión que puede tener de las dificultades del niño le permite mediante las múltiples situaciones por las que pasa el grupo escolar y sus diferentes formas de actividad ofrecer al alumno una verbalización de sus tensiones. Esto, a condición de que la escuela renuncia a mantener a los alumnos en una relación de sumisión pasiva ante la autoridad del maestro. Pues en la relación pedagógica tradicional, que se mantiene dual, no hay posibilidad de mediación entre la angustia del niño y la autoridad. En cambio, la multiplicidad de roles en una clase conducida por un docente que ha adquirido por su formación, esa comprensión  analítica de las reacciones infantiles, podría tener una profunda acción educativa que se puede calificar de terapéutica. Pues en la medida que el alumno puede expresar sus afectos inconscientes por la mediación de los intercambios sociales, puede dominar su energía… Siempre que el maestro, por su experiencia lúdica pedagógica en horas de juego libre, esté en condiciones de mantener el control de las tensiones que se manifiestan en los intercambios del grupo escolar.

Los métodos de educación activa, particularmente los métodos activos de Freinet, pueden favorecer la expresión personal y simbólica. Especialmente por medio de la creación personal en dibujo, composición libre, trabajo de equipo, juegos, etc. Cualquier pedagogía que ofrezca posibilidades variadas de expresión y de actividad en un contexto social, dará al niño mayores posibilidades de maduración. Podrá salir de las relaciones duales que lo paralizan. Al multiplicar los roles, hacen posibles nuevas identificaciones y participaciones. De este modo, se posibilita la aparición de transferencias afectivas y la remodelación de las imágenes y actitudes de las relaciones simbólicas iniciales. En una palabra, el “ideal del yo”  se modifica.

Esta confrontación entre fantasmas inconscientes y realidad exterior aparece claramente en las reacciones del niño ante los espectáculos (teatro, títeres, cines, televisión). Cuanto más niño es, tanto más proyecta sus fantasmas en lo que ve y oye. A tal punto que, si se le pide que relate el espectáculo que acaba de ver, lo hará deformándolo tanto, que expondrá lo que él imagina, no lo que vio. Con la edad, el espectáculo será cada vez mejor percibido en su realidad; sin embargo, hasta la pubertad, seguirá muy deformado por las resonancias que produce en la imaginación del niño. Numerosos niños entre 10 y 14 años no pueden asistir a ciertas escenas de televisi´ñon sin cerrar los ojos, pues la gran violencia de sus propios fantasmas, evocados por el espectáculo, estimulan su angustia inconsciente. Se comprende, pues, la utilidad de una relación educativa que les permita verbalizar sus tensiones inconscientes.

Es este poder de la vida fantasmal inconsciente el que hace que el niño sea, durante mucho tiempo, incapaz de discernir la realidad y sus propias representaciones. Puede mentir sin darse cuenta, sea para realizar un deseo, sea para protegerse o negar lo que le molesta. Y sobre todo frente a los “gendarmes”, que son los educadores. Por eso, es un error apelar al testimonio de los niños. Testimonio que necesariamente sacará tanto de la imaginación como de la realidad. Por emplearse frecuentemente este recurso se producen errores judiciales, que incluso pueden afectar al niño mismo.

Importa aquí aclarar que el poder de la vida fantasmal inconsciente está constituida no sólo por la fantasía del niño sino también por las dificultades en la comunicación entre niños y adultos. Desde el vientre materno el pequeño se viene comunicando con su mundo externo a través del diálogo analógico -de la acción o corporal- en tanto que el contexto parental le da respuestas desde el lenguaje oral (digital); muchos adultos, por lo general, desconocen la existencia del lenguaje analógico y por lo tanto, los mensajes que le dan al niño mediante las palabras muchas veces no concuerda con las respuestas que necesita el niño de sus adultos significativos. Las palabras, al no tener generalmente coincidencias con la expresión corporal, el niño se encuentra en un mundo de mensajes desencontrados -los conocidos “dobles mensajes”- que lo llenan de confusión y que alimentan sus fantasmas que alcanzan, por estas circunstancias, dimensiones muy alejadas de la realidad.

Escuela situaciones

El niño no utiliza su energía libidinal solamente en sus juego y actividades libres, sino también para educarse como futuro adulto. Efectivamente, casi todos los temas se refieren a las actividades de las personas grandes. Cuando juegan a la guerra, a los policías y ladrones, al papá y a la mamá, en los deportes o en el trabajo, los niños juegan a identificarse con los adultos. En la adolescencia los jóvenes transfieren la energía de sus fantasmas combativos o agresivos a las actividades o ideologías sociales, políticas, filosóficas o profesionales, dándoles un carácter apasionado, a veces fanático y sectario. De esa forma, la intolerancia se alimenta con la fuerza de las pulsiones inconscientes. Otros transferirán su energía hacia las actividades artísticas.

La vida de grupo, al multiplicar las posibilidades de relación. abre un campo más amplio a esas actividades,  donde cada uno tiene la sensación de participar. Los deseos frustrados pueden buscar allí satisfacciones simbólicas con más libertad.

Desde este punto de vista, la escuela debe continuar y desarrolla la acción iniciada en el niño por las historias más o menos dramáticas, los cuentos de héroes, los juegos tumultuosos, que le permitirán experimentar en el plano imaginario sus pulsiones libidinales y agresivas. Lo esencial es que toda esta actividad sea ejercida en un ambiente y con relaciones que ofrezcan posibilidades de diálogo auténtico, así como un pequeño puede escuchar una historia de terror, sintiéndose seguro sobre las rodillas y en brazos de su madre. Un niño privado de estos medios de expresión para su agresividad, correría el peligro de no poder dominar su energía o de perder toda combatividad.

Hasta la próxima.

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