LAS RELACIONES VINCULARES EN LA ESCUELA (III)

“Los adultos quieren comprender a los niños y dominarlos; deberían escucharlos”

Françoise Dolto

Docentes y alumnos

Es precisamente por la expresión de sus fantasmas que el niño se fortifica con las energías que puede dominar. Los retoques en las identificaciones y participaciones resultantes ocasionan cambios de comportamiento, que hacen progresar al individuo en la afirmación de sí mismo. Los métodos pedagógicos activos, al permitir al sujeto expresarse en lo que tiene de más auténtico, le procuran al mismo tiempo satisfacciones narcisistas y mejores relaciones con el medio.

En la utilización de la energía afectiva de los fantasmas, el educador puede usar la facultad de sublimación. La sublimación es la transferencia del interés inconsciente sobre algo socialmente aceptable. Este fenómeno se explica por el hecho de que todo proceso mental reprimido está ligado a una masa de energía afectiva. Mientras esta energía no es utilizada, hay tensiones y trastornos. Al contrario, en cuanto se la utiliza, hay sensación de alivio y placer. Al no poder obtener satisfacción real, la idea reprimida circula por todo el sistema mental, en busca de una salida por medio de las asociaciones más diversas.

Este proceso afectivo es cuantitativo, puede ser aumentado, disminuido, desplazado. Es centrífugo y tiende siempre a descargar su energía psicomotriz. Y por último, es autónomo, en el sentido de que puede desprenderse de la idea a la que estaba ligado primitivamente, para incorporarse a un nuevo sistema psíquico. Se trata del desplazamiento que tiene lugar entre ideas o representaciones que tengan analogías. Es el clásico caso de la niña que traslada a su muñeca el cariño materno no utilizado, o el caso de la solterona que lo traslada sobre un animal.

De esta facultad de transferencia esencialmente inconsciente, resulta la sublimación. El objeto o la idea sobre la cual es transferido el interés, hasta entonces localizado en el inconsciente, se convierte en el símbolo del afecto inconsciente. O sea que el símbolo tiene dos orígenes y, por lo tanto, dos sentidos: uno inconsciente, el otro real y consciente.

Corresponde al educador utilizar esta aptitud,  relacionando  la tendencia que se desea desarrollar a intereses primarios instintivos. Su acción debe ser doble, vigilando que las tendencias instintivas del niño sean protegidas al mismo tiempo contra las excitaciones precoces y contra las represiones angustiosas.

El conocimiento de los mecanismos de sublimación y del peligro de las represiones paralizantes permite al educador una acción más eficaz. Sobre todo si puede llegar a conocer los fantasmas dominantes que habitan en el niño. Las obstinaciones irracionales, las ineptitudes intelectuales, los comportamientos perturbados, sólo son causados, a veces, por una confusión entre símbolo e idea reprimida inconscientemente. Efectivamente, cuando la semejanza entre la idea símbolo y la idea inconsciente es muy grande, la represi´ñon que hiere al deseo inconsciente reprimido tiende, también, a herir la idea simbólica. De tal modo, el interés puede ser aniquilado y surgirán todas las apariencias de la incapacidad intelectual y hasta de lo que se puede llamar “estupidez emocional”.

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Es así como se encuentran alumnos que se obstinan en cosas irracionales, sin que el razonamiento pueda nada con ellos. Lo que sucede es que no está dirigido contra la verdadera fuente de resistencia: la idea profunda, de la cual la otra no es más que el símbolo. Otros son incapaces de comprender o admitir una verdad evidente. Y la irritación que siente el educado, cuando fracasa en sus intentos, proviene precisamente de que instintivamente siente que choca, no con una estupidez real sino con una estupidez emocional estimulada inconscientemente y con una voluntad más fuerte. Veremos luego cuál sea el criterio de casi todos los maestros para definir al alumno antipático: “Me hacía enfurecer”.

Esta inhibición del interés tiene mayor importancia en la escuela por el hecho de que está en el origen de las ineptitudes aparentes en las materias más variadas. Por ejemplo, las ineptitudes para las matemáticas, la historia o el inglés, se deben a menudo a una inhibición del interés, producida por una aversión de la que el niño no se da cuenta, pues esa materia se enlaza en el inconsciente con algún asunto desagradable. La experiencia de los centros psicopedagógicos demuestra que el hecho de llevar al alumno, por medio de una psicoterapia, a reconocer la asociación inconsciente, lo hace capaz, inmediatamente, de interesarse en la materia hasta entonces rechazada.

El educado debe recordar que toda dificultad escolar de un alumno puede tener una causa afectiva. Cualquier falla puede ser una torpe solicitud de ayuda. Ya hemos visto que los bloqueos inconscientes de la sensibilidad libidinal afectaban incluso la unidad corporal y la estructuración espacial del niño, poniendo en cuesti´ñon su propia identidad. Un niño disléxico decía a su maestra: “Yo no puedo hacer este ejercicio, pues nunca sé si soy yo o soy usted”.

Aquí se ve una de las debilidades de los tests, que no pueden tener en cuenta estas inhibiciones emotivas totales o parciales del inconsciente. Las palabras que a menudo sirven de símbolos son, sobre todo, objeto de estas asociaciones por analogías sentidas inconscientemente. De ahí los impedimentos, las aversiones en el lenguaje. De ahí, también, los errores de ortografía. Por lo tanto, el educador debe ayudar al niño a extraer de sus tendencias inconscientes el máximo de energía. Lo cual implica que debe conocer lo más posible la vida profunda del niñlo, donde se elaboran las energías y los intereses.

Por desgracia, demasiado a menudo los educadores ignoran la importancia de las reacciones inconsciente, tanto en ellos como en el niño. Esta ignorancia aparece con nitidez en las situaciones afectivas que suscita la expresión de los deseos libidinales reprimidos. Así es como la proyección de los fantasmas del niño en su relación con el maestro puede tener naturalmente una intensidad particular en el terreno de la sexualidad. Durante mucho tiempo, la universidad vio en toda manifestación sexual, por más leve que fuera, el “Mal” por excelencia. Una sola palabra “impúdica” o un dibujo “impuro” era suficiente para justificar la expulsión inmediata de un colegio. Los informes de los maestros y jefes de establecimientos solicitando tales expulsiones revelan, por su carácter exagerado y apasionado, hasta qué punto proyectaban sobre el alumno sus propios fantasmas culpabilizantes.

Algunos abogados han expuesto las amenazas que pesan sobre los educadores en este terreno. Los testimonios de niños más o menos sugestionados por los interrogatorios de padres y policía, termina por hacer que se acuse de delitos sexuales a maestros y maestras inocentes. Como ese director de escuela que fue acusado de haber violado a 14 niñas, o ese profesor acusado de haber hecho objeto de sodomía a un alumno de 10 años. Hasta que se comprueba que toda una red de mentiras liga a los niños, padres y policías, al ser proyectados los fantasmas sexuales y agresivos de los adultos para reforzar los del niño. De manera que, lejos de ayudarle a distinguir la realidad y los fantasmas, los padres y policías y, a menudo, los jueces, le sugieren otros fantasmas con sus preguntas apasionadas e inquietantes. Tal es el caso de capellanes y confesores que, movidos por sus propios deseos inconscientes, sugieren, con sus interrogatorios precisos, actos que los penitentes no habían cometido, ni siquiera imaginado, pero hacia los cuales sus deseos reprimidos y culpabilizantes proyectan inmediatamente angustia o agresividad.

Hasta la próxima.