Una conducta alarmante: Escapar del Hogar

Escapar del hogar

 

escapar del hogar
Los riesgos al escapar del hogar

Un punto clave que los padres deben investigar cuando un niño se escapa de la casa es si la señal es de vergüenza y preocupación por algo que el niño ha hecho y desea ocultar. Los padres deben estar atentos. Es muy fácil acusar al niño cuando éste vuelve a casa: “¿Qué has hecho que te ha obligado a escaparte?” en vez de abrir el camino hacia el restablecimiento de la comunicación entre padre e hijo, este tipo de comportamiento acusatorio solo sirve para cerrar las puertas. “¿Qué te preocupa?”, es una pregunta adecuada para abrir la conversación. “¿Puedo ayudarte?” es la continuación natural. “Lo que sea que te preocupa puede ser resuelto entre los tres”, ayudará a que el padre y la madre lleguen hasta el niño, que ha tratado de escapar de la probable vergüenza y embarazo. Fracasar en la escuela, ser atrapado robando una tienda, herir al hijo del vecino en una pelea, son algunos de los más comunes episodios que los niños convierten en problemas, los cuales suponen que motivarán las iras paternas. El mensaje, en este caso, es el miedo a ser descubierto y tener que soportar las consecuencias.

Los padres que deben enfrentarse a la señal infantil de huir del hogar están obligados a formularse la pregunta vital: “¿Por qué está tan asustado de mí, como para no tratar el problema conmigo? ¿Qué cree que haremos nosotros? ¿Tiene razón? Los niños pueden ser extremadamente perceptivos en sus predicciones sobre cómo reaccionarán los padres. Si su hijo prefiere huir del hogar, antes de confesar y soportar sus reacciones ante una falta menor, entonces es responsabilidad suya reconsiderar el grado y la flexibilidad de sus actitudes y castigos. De esta señal, tanto el niño como el padre pueden aprender mucho. Afortunadamente, el niño puede descubrir al volver al hogar, la profundidad del amor y confianza de sus padres. Probablemente éstos pueden desarrollar su capacidad de comprender, aceptar y ayudar a su hijo a través de la dolorosa situación causada porque él ha hecho algo mal.

Ejemplo: Lidia, con sus cuatro años, se mantenía erguida con los brazos en jarra y los pequeños puños apoyados sobra las caderas. Su rostro se contorsionaba para aparentar ferocidad, “Me voy de casa”, anunció con los ojos llenos de lágrimas. Su padre levantó levemente las cejas, tratando desesperadamente de no sonreír. La madre, volvió la cara ahogándose de risa. “¿Por qué?”, preguntó el padre con toda la calma que pudo reunir. “¡Ya sabes por qué!”, respondió ella, tratando de poner toda la ira posible en su voz. “¿Porque has sido castigada por no volver a casa cuando tu mamá te llamó?” interrogó el padre inocentemente. Lidia dio pataditas en el suelo. “Sí, por eso mismo –dijo con una mueca-. Me voy de casa y nunca más volveré”.

A pesar de que la situación era muy divertida para los padres, la pequeña Lidia, estaba enviando una señal muy definida. Deseaba ser vista y escuchada. Así que una de las señales de Lidia era claramente punitiva para los padres.

Otro mensaje transmitido por la niña era el anuncio de que no creía que el castigo estuviera en relación con su falta. Después de todo, ella había estado divirtiéndose muchísimo jugando a la pelota con los niños mayores en la calle. Podía cenar con sus padres cualquier día, pero los niños y niñas mayores nunca le habían permitido antes jugar con ellos. ¿No se daban cuenta de ello sus padres? Si se escapaba de casa, se verían forzados a reconsiderar su actitud y comprender que estaban equivocados. Si la fuga tenía éxito, entonces podría quedarse afuera todo el tiempo que quisiera, la próxima vez que los niños la invitaran a jugar.

Otro mensaje incorporado a su señal era que estaba lista para abandonar a sus padres y el hogar. Lidia deseaba que sus padres comprendieran que ella también era una persona. Tenía sus derechos, deseos y deseaba ser libre. Era capaz de dejarlos, mientras se lanzaba a un mundo sin ellos. Qué común es que un niño de cuatro años comprenda que no es más que un apéndice de sus padres y además que es un ser humano libre e individual. Algunas veces esta comprensión puede ser atemorizadora. Pero en ese momento, Lidia estaba probando su gloriosa independencia y amenazando con probar su total individualidad.

Lidia tenía entonces tres mensajes importantes en su señal de “me voy de casa”: castigar a sus padres, pedir que fueran reconsideradas las reglas y anunciar su independencia. ¿Cómo pueden los padres enfrentarse a estos mensajes ante un incidente que más bien les hará morirse de risa? Reírse no era lo más apropiado para el momento. Si Lidia tenía tanto interés en amenazar con fugarse de casa, entonces la señal no podía ser ignorada o tomada a la ligera.

Consideremos lo que hicieron los padres. Su padre preguntó: “¿Estás seguras de que quieres escapar de casa?” Lidia asintió con determinación. “Porque me has castigado por permanecer fuera” recalcó mirándolo directamente. Él movió la cabeza afirmativamente y dijo suavemente: “Entonces será mejor que lo hagas, porque mamá y yo volveremos a castigarte si no vienes cuando te llamamos”. La niña continuó mirándole con las manos ahora abiertas, pero todavía firmemente apoyadas en las caderas. El padre de Lidia salió de la sala por un momento y volvió con una pequeña maleta de viaje. “Déjame que te ayude a hacer la maleta”, dijo con toda seriedad, tomándola del brazo y guiándola, con toda suavidad, hacia el dormitorio. Mientras ella le miraba asombrada, él colocó algunas prendas de la niña en la maleta. Por último, recogió su oso de peluche: “¿Va contigo?” preguntó. La niña asintió en silencio. El amado oso fue metido en la maleta, que fue cerrada y colocada en el suelo. “¿Puedes llevarla?” preguntó el padre de Lidia, mostrando en el brillo de sus ojos la diversión que experimentaba. La niña asintió. “Sí”, respondió en su voz y recogió la maleta. Su padre se inclinó y le dio un beso en la mejilla. “Te echaremos de menos, cariño”. Los ojos de la niña comenzaron a llenarse de lágrimas, pero dio la espalda a su padre, abrazó a su madre y marcho hasta la puerta. Al abrirla, se enfrentó con la oscuridad de la noche. Dio un paso hacia adelante y, luego, se dio vuelta para mirar a sus padres. “Está muy oscuro ahí afuera”, dijo.

El padre asintió. La madre replicó suavemente: “Así es”. Lidia entró de nuevo a la casa, abrió la maleta, sacó el oso de peluche y echó a sus padres una mirada severa, mientras decía: “Creo que me marcharé mañana”. Esa fue la última vez que Lidia amenazó con escapar de la casa. Sus padres habían escuchado la señal, interpretado el mensaje y respondido de manera tal que Lidia, al mismo tiempo, comprendió el significado del amor y la obediencia.

Otro ejemplo: Cuando Ignacio volvió a su casa, después de haber estado ausente durante ocho horas, su abuelo le preguntó por qué se había marchado. El menor, de quince años, se echó a llorar y tartamudeo: “Porque él me odia”. “¿Quién?”, preguntó el abuelo. “Mi padre”, replicó el chico tristemente.

El anciano abrazó a su nieto y lo retuvo entre sus brazos durante unos minutos. Luego le habló suavemente: “Ignacio, ¿por qué crees que tu padre te odia? Yo sé que él te quiere mucho”. El muchacho suspiró, giró el rostro, mojado de lágrimas, y dijo amargamente: “Bueno, pues tiene una manera muy tonta de demostrarlo. Se mofa de mí todo el tiempo y me deja mal cada vez que puede”. Permaneció en silencio, por un instante, y luego, moviendo la cabeza vigorosamente, exclamó: “No. No lo creo. Tú puedes creerlo así… que me quiere, pero ¡yo sé que me odia!”.

Es muy común, durante los primeros años de la adolescencia, cuando la rebelión y la insatisfacción con el mundo adulto juegan una parte tan importante en la vida de los muchachos, que un menor pueda creer sinceramente que no es querido, e incluso rechazado, por uno o ambos padres.

En algún momento de sus primeros años de adolescencia ha ocurrido un desarreglo en la relación con los padres. Ha iniciado un camino de alejamiento de ellos y, gradualmente, puede sentir tales sentimientos de marginación de uno de ellos o de ambos, que siente que debe escapar. La señal de Ignacio está transmitiendo una incompatibilidad con el (los) padre (padres) hasta el punto de que se le hace intolerable la convivencia bajo un mismo techo. ¿Quién está en “falta”? Probablemente, tanto los padres como el niño. Cada uno juega un rol significativo en la diaria convivencia, que continúa a través de los turbulentos y a menudo dolorosos años de la adolescencia. Frecuentemente uno culpará al otro de todos los males, sin evaluar de manera real la parte que ha interpretado cada uno en esta relación infeliz.

¿Qué se puede hacer después de que el adolescente ha hecho la jugada de escaparse del hogar? Él o ella han indicado que algo debe cambiar en la relación padres- hijo, para que desaparezca la tensión, el enfado, el creciente cisma. Por otra parte, no hay duda de que los padres se sienten de la misma manera. ¿Quién debe dar el primer paso hacia la reconciliación, después de que ha sido captada la señal?

Es muy doloroso para un padre, saber que su hijo siente que sus padres le “odian”. Negarlo no es la respuesta, como tampoco lo es el enojo. La solución reside en el padre que debe estar dispuesto a sentarse con su hijo y escuchar sus quejas, evaluarlas correcta y honestamente, reconocer los errores paternos, que probablemente fueron inintencionados, discutir puntos de vista y sentimientos y, especialmente, escuchar al adolescente cuando habla de sí mismo. El proceso de calmar y de sanar las heridas puede comenzar con los padres y los adolescentes tratando de encontrarse a medio camino. Los padres deben tener en cuenta que, si un niño se escapa de la casa por una relación padre-hijo tensa y enojosa, rara vez el niño tienen toda la culpa. En algún punto del camino, los padres han dejado de mirar, escuchar o comprender. Básicamente, esto es lo que sucede al escaparse de la casa. El joven trata de conseguir que presten atención a sus problemas. Ésta es su señal fuerte y desesperada, y los mejores terapeutas en esta situación son los mismos padres.

Algunos adolescentes se fugan del hogar y no vuelven jamás creando un problema social importante -fugas adolescentes-, con los conflictos consiguientes de explotación sexual, desempleo, abuso de drogas y enfermedades mentales. Estos prófugos adolescentes son niños vulnerables, que a menudo harán cualquier cosa para ser aceptados, recibir afecto y otras acciones que van más allá de estas emociones. Están buscando reemplazar a sus padres con expectativas imposibles y super idealizadas, y buscarán sin resultado el sustituto paterno.

¿Cómo pueden los niños y sus padres encontrarse en tales condiciones, asediados por enfados irrazonables, odios y expectativas? ¿Cómo puede existir un familiar tan cargado de ansiedad, angustia y hostilidad que el más joven, el más susceptible, tiene que explotar, escapándose del hogar?

En algún momento de los primeros años de la adolescencia, la mala comprensión normal se ha convertido en bloqueo total de la comunicación, porque tanto los padres como los niños no comprenden los valores, las normas morales, estilos de vida o necesidades del otro. Los padres no pueden percibir ni aceptar las tendencias naturales del adolescente a buscar amigos entre sus iguales y adecuarse a los cuestionables patrones de la adolescencia moderna. Los adolescentes, por otro lado, son alentados por sus amigos, estimulados por las películas de aventuras, espectáculos de televisión y declaraciones de héroes populares, se ven a sí mismos como maltratados por padres sin esperanzas y anticuados, que les imponen un código de conducta irracional y fuera de época. El choque generacional se convierte en patológico, luego en maligno y los adolescentes desaparecen para incorporarse a una estadística poco conocida, pero en constante crecimiento: una víctima más de la guerra moderna entre generaciones.

¿Quién está perdido? ¿El padre o el hijo?

La realidad es que no sólo los dos están perdidos, sino que cada uno ha perdido al otro, amputando la más importante relación en la vida de una familia: la relación entre padres e hijo.

¿Por qué? Porque los padres han fracasado en percibir y actuar ante las primeras señales. Una ruptura grave en el hogar generalmente es precedida por señales tales como: un intento de fuga; prolongados períodos de incomprensión e infelicidad, crecientes acciones de independencia hacia los padres, más y más secreto sobre las actividades del niño fuera del hogar, la adquisición de amigos desconocidos por los padres, un comportamiento calculado para enojar y molestar a los padres, frecuentes declaraciones de odio y de rechazo. Como el caso de Ignacio, él señalará que vivir bajo el mismo techo que los padres es intolerable. Él o ella deben escapar.

Si su hijo pertenece a este último tipo, su primera obligación es hacer que le encuentren y que vuelva al hogar inmediatamente. Cualquier jovencito es demasiado vulnerable para ser dejado en manos de los “lobos humanos”, que viven en los límites de la civilización, esperando al niño vulnerable como víctima. En este caso deberá buscar la ayuda de la policía o de las agencias privadas de seguridad.

A menudo, sin embargo, traer a su hijo de vuelta es la parte menos dolorosa del proceso de recomponer la familia. La señal de la fuga implica la necesidad de un reajuste total de las relaciones entre padres e hijo; un cambio en la actitud, expectativas y comprensión. El cambio requerirá probablemente psicoterapia para los padres y el hijo. Todos deben ser ayudados; en realidad tienen que aprender a escuchar las quejas, entenderse el uno al otro honesta y realmente, reconocer los errores no intencionales cometidos por los padres, discutir puntos de vista y sentimientos y, generalmente, “enfriar” las iras entre sí. Cada uno debe encontrar al otro a medio camino, un proceso que no ha ocurrido durante muchos años en el seno familiar si es que ha ocurrido alguna vez. Es por esta razón por la que la familia necesitará un consejo profesional. Una vez que se den cuenta de sus problemas y comprendan sus errores, los miembros de la familia ganarán en conocimiento y se sentirán aliviados de la culpa que han experimentado inevitablemente. Sólo entonces los padres pueden tener esperanzas de recomponer el núcleo de una familia, desbaratado en una época feliz por las corrientes eléctricas de la desconfianza y la falta de comunicación.

No permita que el mensaje de su hijo pase inadvertido. Estas señales pueden no repetirse jamás, y habrá perdido un valioso momento de contacto. De hecho, usted puede haber perdido a su hijo.

Hasta la próxima.

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