LA NUEVA EDUCACION AFECTIVA (3): PREVENCIÓN Y PROFILAXIS MENTAL

“LA NUEVA EDUCACION AFECTIVA. PREVENCIÓN Y PROFILAXIS MENTAL”

 P.- Como profesional y organizador de la Nueva Educación Afectiva ¿Quiere explicarnos qué lugar ocupa esta disciplina y cuáles son sus propuestas en la óptica de la prevención?

Salita maternal
La Nueva Educación Afectiva en Salita Maternal

“MAS VALE PREVENIR QUE CURAR”. No se puede más que estar de acuerdo con este precepto y la medicina preventiva se ha comprometido resueltamente con esta vía (higiene, vacunación, diagnóstico precoz, et.) pero la psico-patología está todavía, a nivel de prevención, en un estadio de “balbuceo”. En todos los países, múltiples organismos y especialistas han sido creados para dispensar “reeducaciones” y “terapias” a niños o adultos aquejados de “perturbaciones psicológicas” más o menos serias y más o menos graves, que van de las “dificultades escolares” a la psicosis. Esperan a los clientes… y no faltan.

Nada sorprendente, puesto que nada o casi nada se ha hecho por prevenir la aparición de estas perturbaciones. Se espera tranquilamente que la situación se deteriore para intervenir. Después se le buscan los orígenes, y en el mejor de los casos, se remonta laboriosamente a esos orígenes a través de una psicoterapia, a menos que se intente solamente “tapar” las faltas a través de una reeducación instrumental o psicofármacos, lo que se intenta con mayor interés hoy en día por las presiones del mercado-técnico.

Las dificultades psicológicas son siempre dificultades de la relación con el otro, con los otros (los padres, en particular) y consigo mismo. A veces hay, es verdad, daños orgánicos, neurológicos, pero en la mayor parte de los casos el origen está por redescubrir en la problemática psíquica, relacional. (Yo no creo mucho en la “disfunción” o los “trastornos generalizados del aspecto autista” de la que hablan los americanos). Las dificultades de orden psicológico no aparecen espontáneamente de un día para otro. Si bien ciertos sucesos traumáticos pueden desencadenarlas o precipitarlas, son siempre resultado de una larga evolución, de una sucesión de conflictos mal elaborados que se encadena lo más a menudo a partir de la primera infancia.

Ningún niño está a resguardo de estos conflictos, desde el traumatismo del nacimiento, la ruptura de la relación simbiótica con la madre, el conflicto de identidad, el choque del principio del placer y del principio de realidad y las frustraciones que de él se derivan, el conflicto edipiano, hasta la constitución de las defensas del “yo”, por no citar más que las etapas más importantes en el desarrollo de la personalidad.

Algunos van a asumir y elaborar estos conflictos sin demasiados problemas, otros van a estructurar una personalidad más o menos patológica. ¿Quién puede decir quiénes? Hay lo que se llama “niños con riesgo” que viven en un medio familiar particularmente patológico, pero ¿existe un medio familiar exento de conflicto neuróticos? Y, ¿quién puede señalar las repercusiones de esos conflictos sobre un psiquismo naciente, exento todavía de defensas y eminentemente permeable a todo el inconsciente parental?

Mi opinión es que todos los niños deberían ser ayudados, en una óptica de profilaxis mental, en la elaboración de sus conflictos, No importa si “algunos no tienen necesidad de eso”; toda política de prevención es necesariamente sistemática. Entre los niños vacunados tempranamente, muchos no habrían tenido, sin duda, la tuberculosis… pero nunca se sabrá quiénes.

P.- ¿Según ustedes cuándo se debería “ayudar” psicológicamente a los niños? ¿A partir de qué edad?

Todos los psicoanalistas y una gran parte de los psicólogos están de acuerdo en decir que los dos primeros años son los más importantes para la constitución de la personalidad. En esa época se origina de hecho la conciencia del “yo”; la identidad del “Yo Corporal” en la vivencia posterior a la ruptura de la simbiosis maternal; el verdadero “nacimiento psicológico” y el acceso a lo simbólico, el “Yo síquico”. Ahí se construye la persona como SER separado y SER de comunicación no sólo a nivel de lenguaje analógico sino también digital. Es entonces cuando se elaboran las primeras estrategias relacionales que servirán de base y de modelo repetitivo durante todo el curso de la vida.

Todavía hoy día, se tiene demasiada tendencia a considerar al bebé como un ser biológico que no tiene necesidad más que de cuidados materiales: Higiene-calor-alimento-confort, subestimando la intensidad de su vida psíquica y emocional que, también, tiene necesidad de ALIMENTO. Es el problema de las guarderías que deberían ser otra cosa que “aparcamientos”, establecimientos sociales que guardan a los niños para permitir trabajar a los padres. Deberían ser consideradas como establecimientos educativos, en el sentido pleno del término, con toda la responsabilidad que les incumbe.

Eso supone, evidentemente, otra formación –y otra remuneración- del personal. Su formación psicológica es actualmente rudimentaria, por no decir inexistente. Estimo que, puesto que se trata de niños que no han accedido todavía o lo han hecho muy poco al lenguaje verbal, es necesaria una formación en la relación analógica-corporal, sobre la relación eduafectiva.

P.- Pero no todos los niños frecuentan las guarderías, e incluso los que sí lo hacen, viven también en su medio familiar, el cual, como ustedes decían, es algunas veces patológico.

Esa es otra cuestión; la “educación” de los padres, una educación que de hecho debería convertirse, en algunas ocasiones, en una verdadera psicoterapia. En los casos graves, lo ideal es una terapia familiar, terapia que se puede hacer igualmente por las técnicas del Análisis Corporal de la Relación. Mi experiencia en este terreno confirma la de muchos otros terapeutas. No es el niño quien está “enfermo”, es toda la dinámica familiar la que está perturbada.

Pero ahí salimos del campo de la prevención. Hemos constatado también que cuando el niño, a través de su juego libre en la acción lúdica, consigue elaborar sus conflictos, las tensiones disminuyen en el seno del grupo familiar. El equilibrio neurótico de la familia se ha modificado. Esta evolución no se hace sin tropiezos, sobre todo cuando el niño pasa por una fase de agresividad y de oposición, pero el resultado a largo plazo es siempre positivo.

P.- Ustedes han insistido mucho en la guardería y la primera infancia, pero ¿después? ¿La prevención se detiene a los dos años?

Ciertamente que no. Entre los 18 meses y los 2 años y medio, el niño afronta uno de sus conflictos más importantes; el período de agresividad y oposición, tan mal soportado por los padres y los educadores y sin embargo necesario en la conquista de su identidad. Decir “NO” al deseo del adulto es diferenciarse, salir de la dependencia directa. Pero es también, a través de un “NO” sistemático recaer en una dependencia de oposición igualmente apremiante que da lugar a la dependencia de aceptación. La crisis de la adolescencia no es más que la repetición a un nivel más simbólico, más intelectual de esta crisis de los dos años. Yo pienso que hay una unión estructural entre estas dos crisis y que cuanto más ahogado ha sido el conflicto a los dos años, más violentamente resurge en la adolescencia.

Este conflicto de Amor-Odio que se presenta, según mi experiencia, hacia los dos años (lo que me opone a Melanie Klein que lo sitúa mucho antes), prosigue con mayor o menor intensidad durante toda la vida; va a sostener esta ambivalencia de sumisión-oposición, seducción-agresión, con todas las imágenes parentales simbólicas sobre las que se proyecta. Entre otras, “el profesor” y “la profesora” más o menos identificados inconscientemente a las funciones paterna y materna.

La escuela maternal es el lugar donde se va a realizar este primer encuentro. Es importante que el niño pueda jugar en ella este conflicto con un adulto que le comprenda y le ayude a elaborar.

P.- Un adulto que haya elaborado suficientemente él mismo sus propios conflictos para no proyectarlos en la relación. Recaemos ahí en el problema de la formación de los educadores.

Evidentemente. Los educadores tienen una formación… de enseñantes. La sociedad les delega una función que es del orden de lo cognitivo, del conocimiento. Son juzgados por su éxito o su fracaso en este terreno; desarrollo de la inteligencia y adquisición de conocimientos. Ellos están obnubilados por sus objetivos pedagógicos. Incluso en la escuela maternal, el objetivo es preparar al niño para su entrada en “la gran escuela”, de ahí la transformación de la ESCUELA MATERNAL en ENSEÑANZA PRE-ESCOLAR, lo que hoy denominamos EDUCACIÓN INICIAL.

Los maestros han recibido una cierta información sobre la “psicología del niño” (no sobre la psicología del maestro…) Pero la utilizan lo más a menudo para manipular al niño, hacerle entrar en su deseo pedagógico. La psicología se convierte en psico-pedagogía. Cuando entra en la escuela, el niño cesa como niño para convertirse en alumno. Este estado de espíritu impregna fuertemente todo el medio escolar y hace aparecer como secundario, véase inútil, toda relación que no es recuperable sobre el plano pedagógico. El juego, él también, se convierte en “juego educativo”. A esto se añade la complicidad de los padres, ansiosos por el resultado escolar de su hijo, en una perspectiva de éxito social. Chantaje afectivo más o menos inconsciente; “Yo te quiero si tú trabajas bien en la escuela”.

El niño está captado en este deseo conjugado de los adultos. El plano cognitivo, intelectual, se convierte en el mediador obligado de su relación con el adulto. Ahí el niño va a proyectar todos sus conflictos, falto de poder expresarlos en otra parte, en su verdadero contexto que  es de orden afectivo y no intelectual. Hay desplazamiento, transposición simbólica. El conflicto sumisión (para ser querido)-oposición (para afirmar su identidad) se juega sobre el plano de la transmisión del conocimiento. El maestro responde sobre el mismo planto, por la seducción y la agresión.

Para el niño, el conflicto profundo permanece “no dicho”, dando lugar a la “INADAPTACIÓN ESCOLAR” o la “SOMATIZACIÓN”. Cuanto más conflictiva es la personalidad del niño, más se va a exacerbar. Es por esto por lo que la escuela es un revelador, un detonante que objetiva, a través del fracaso escolar, todos los conflictos subyacentes. De hecho, la demanda de reeducación o de terapia, muy limitada en la primera infancia, deviene pletórica en el período escolar.

Hasta la próxima.