NEUROCIENCIAS-FARMACOLOGÍA-SUBJETIVIDAD: Determinaciones (mito) genéticas.

DETERMINACIONES (MITO) GENÉTICAS (*)

Cerebro versus persona
Reacción neurológica a emociones es consecuencia de lo que vive la persona respecto de su medio ambiente familiar y social. Lo observable versus la historia del sujeto sufriente.

La idea de que hay determinaciones absolutas no puede absolutizarse. Ni las determinaciones lo son ni lo son nuestras posibilidades de modificar cualquier determinación. No es difícil caer en la trampa en que están cayendo las neurociencias o la genética. La de erigirse en claves de desciframiento de lo humano.

A esa determinación biológica convertida en absolutización genética la llamamos “mito genético”. Ante ella, lo que sí podemos reivindicar es la pretensión freudiana de transformar determinaciones marcadas desde las fijaciones y compulsiones a repetir. Esta también está sutilmente implícita en el osado título del trabajo Pulsión y destinos de la pulsión. Allí Freud plantea que los estereotipos y clisés no son promovidos solamente desde nuestro ADN, sino desde formas sufrientes de organización subjetiva que se caracterizan por repetir compulsivamente esquemas y evitar lo nuevo con una fijeza que puede ser abordada, aun cuando ello sea difícil.

Porque hay una materialidad que no depende sólo de la estructura neuronal y no podemos pensar la subjetividad sólo desde la bioquímica o la cibernética. Hay un “aparato psíquico”. Materialidad entonces de la neurona, pero también de la fantasía. Porque: Los hombres estamos hechos de la sustancia con la que se trenzan los sueños”[1].

Esto no quiere decir que los avances de otros conocimientos, específicamente las neurociencias o la farmacología, sean los que ponen en riesgo la subjetividad. Es más bien el “uso” parcial e intencionado desde un punto de vista mercadotécnico el que debe ser combatido con argumentos que nos permitan replantear este absolutismo genético más propio de un enfoque lombrosiano que de quienes nos ocupamos de la infancia. El “alma”, entendida de un modo laico, es el conjunto de relaciones sociales ínter e intrasubjetivas que cada uno es capaz de constituir y producir. Un niño limitado a automatismos desgajados de significación social compartida es un niño sin alma. Se trata de crear las condiciones para su recuperación.

Cada vez está más claro que lo que cuenta no son sólo el ADN y su configuración, sino lo que lo rodea. Una manera de pensar esta influencia es que una célula puede tener mil genes que potencialmente codifiquen la producción de enzimas. Pero de ese universo posible, lo probable es que cuente con unas quinientas enzimas activas. El resto de las enzimas posibles no se activa, pues ciertos locus genéticos están “mudos” o “apagados”, no se “expresan” entendiendo por expresión justamente la producción de enzimas.

GENERACIONES EN CONFLICTO2
Lo que se vive en el contexto familiar incide en la subjetividad y por lo tanto en las formas de respuestas a nivel genético

“La diferencia entre genética y epigenética probablemente puede compararse con la diferencia que existe entre escribir un libro y leerlo. Una vez que el libro ha sido escrito, el texto, los genes, será el mismo en todas las copias. Sin embargo, cada lector podría interpretar la historia del libro de una forma ligeramente distinta, con sus diferentes emociones y proyecciones, que pueden ir cambiando a medida que se desarrollan los capítulos”[2]. Está claro que para vivirlo hay que leerlo.

“El genoma humano entendido como una escritura registra la información del medio físico, social y simbólico. Del mismo modo la cultura, la psiquis, necesariamente escriben también con sus significados y valores las condiciones biológicas del cuerpo”[3].

Los efectos de “lectura” surgen de las nuevas marcas que afectan a los genes. El ADN es leído por componentes especiales de la célula. Estos lectores moleculares traducen la información escrita en los genes a proteínas. Sin embargo, su lectura será diferente de acuerdo con las marcas químicas que el ADN aporte. La manera en que las marcas de la vida afectan al ADN fue objeto de una apasionante investigación llevada adelante por Manel Esteller. En ella se trabaja sobre lo que se llama marcas químicas de los genes. Esas marcas son modificaciones en las moléculas de ADN inducidas por el impacto de lo vivido. Ellas no alteran la secuencia de base, es decir, el orden de las letras con las que los genes está “escritos”, pero sí afectan su expresión, es decir las enzimas y proteínas que se producirá, o no. Una de estas marcas es la metilación (el agregado de un grupo metilo) de una base de ADN. Esta modificación es como una piedra en el zapato para los lectores moleculares de ADN y provoca entonces una variación de su expresividad y de la producción consiguiente de enzimas. Que a su vez producirán modificaciones en el funcionamiento celular. Un ejemplo notable es la demostración de que las diferencias en las marcas químicas presentes en los genes de gemelos de 50 años son cuatro veces mayores que las que se pueden encontrar en gemelos de sólo tres años. Además, la disparidad aumenta a medida que aumentan las diferencias en el estilo de vida. La vida deja marcas, incluso en los genes.

En otro interesante estudio sobre el efecto placebo, Bruce Lipton comenta el caso de una mujer que participaba de un ensayo clínico con antidepresivos y que mejoró espectacularmente de una depresión de años. La participante no recibía ningún antidepresivo, sino placebo. Pero lo más destacado del asunto es que las pruebas de imagen demostraban que la actividad de su cerebro había aumentado. La biología respondió a algo tan inmaterial como la sugestión o el pensamiento y las enzimas producidas por el efecto de placebo y el ambiente indujeron cambios celulares comprobables.

“Las palabras, los afectos, los maltratos y las caricias recibidas, las experiencias placenteras y las otras alteran la química corporal, y así el medio ambiente social tiene la potencialidad de operar “farmacológicamente” sobre el individuo, si nos decidiéramos a considerarlo sólo en su aspecto biológico. Pero a través de una serie de procesos químicos particulares que se denominan de “metilación”, y que actúan a nivel del ADN mismo que se encuentra en el núcleo de cada célula, algo que toda esa actividad hormonal se traduce en alteraciones de la expresión del código genético” [4].

Los procesos de metilación del ADN parece ser los principales responsables de que dentro del núcleo de cada célula los genes se encuentren activos codificando proteínas (es decir, que se expresen) o bien se llamen a silencio y se escondan, plegándose alrededor de unas proteínas circulares llamadas “histonas”.

Los aportes de la epigenética son un buen ejemplo de cómo la biología suele responder a cosas que son de una materialidad distinta. La materialidad del pensamiento, la sugestión o la fantasía. Es por eso por lo que una conducta, por repetitiva o trastornada que sea, no debería ser leída como el efecto de una secreción biológica. Aunque la implique. De nuevo, no es el cerebro el que piensa, es el niño.

Y el cerebro es un sistema complejo de interacción, selección y variación cuya función de adaptación incluye al azar. “Hoy se comprende al cerebro con una gran capacidad de autocuración, de re establecer funciones a partir de redes neuronales alternativas”[5].

Ningún enfoque debería soslayar que la subjetividad se entrama, además, y centralmente, a partir de las relaciones fantasmáticas y deseantes con los otros y con las estructuras anónimas que el sistema social produce y reproduce[6]. Y esas sí son comunes a la época.

La psiquiatría francesa habla de “trastornos invasivos del desarrollo” para dar cuenta de “una perturbación precoz, severa, que hace fracasar la capacidad del sujeto para organizar los soportes de su vida mental, que perturba gravemente el proceso de individuación/separación, que obstaculiza los modos de investir personas y los objetos de su entorno (…) Pero para los autores franceses esas fallas no se explican mediante un trastorno del desarrollo del sistema nervioso (…) A veces existe un trastorno del sistema nervioso, pero esto no forma parte de la definición”[7].

El autismo ha dejado de ser un cuadro “mental” para pasar a ser un trastorno del desarrollo, un desorden biológico y no un padecimiento subjetivo., De acuerdo con las concepciones mito genéticas que repasamos, parece que lo esencial de un sujeto está dado por lo que “trae” en su bagaje genético. Como si no hubiera habido pruebas suficientes ya de que las cualidades adquiridas no se heredan. Cual desarrollo de un poroto en germinación, se entienden las potencialidades humanas como algo a exteriorizar, pasando de potencia a acto. Todo estaría allí, de antemano, en germen.

Pero lo que llamamos humano, lo que podríamos definir como “esencia humana”, no consiste en un patrimonio biológico interno de rasgos físicos hereditarios, o de modos corporales de reactividad, aunque estos influyan, sino en un patrimonio social externo susceptible de interiorización (formas de trato, lenguaje, aprendizajes), siendo entonces lo “profundo” un repliegue de esa exterioridad que ha atravesado un proceso de apropiación. Entendemos que la función progresiva más importante para un ser siempre prematuramente lanzado al mundo es la creación de las capacidades que le permitan habitarlo.

Pero, aun así, si la base genética mistificada fuera la que promueve un desarrollo fallido queda sin explica un aumento importante de la casuística “que no puede se atribuido a un aumento concomitante de las anormalidades genéticas (…) Parece que habría una predisposición genética a los trastornos del espectro autista que interactúa con factores del medio que jugarían el papel de ‘llave’, afectando el tracto gastrointestinal, el sistema inmune, la sensorialidad y el cerebro”[8]

Un concepto estrecho de desarrollo lineal, endógeno, es un límite al pensamiento. El desarrollo es la apropiación, siempre limitada, del bagaje sociocultural por parte de un recién llegado que en ese proceso pasará a constituirse como subjetividad deseante, pensante. En alguien, un quien, no un qué.

Más allá de la condición que genere el cuadro de autismo primario profundo o autismo secundario (luego de una etapa de “normalidad” que lo llevan a atrincherarse en la fortaleza vacía), importa considerar el modo en que los padres “estructuran la cualidad del vínculo que establecen con él. Algunos padres de los pequeños pacientes, cuando son entrevistados, como producto del dolor narcisista que sobrellevan por la falta de respuesta empática del hijo y por lo ajena que se les torna la imagen de sí mismos que les es devuelta, suelan abandonar los intentos de comunicación y alejarse de su hijo. Es decir, cesa la demanda recíproca”[9]. Expresado en palabras de los padres: “Cuando no lo entendemos, no encontramos la forma de llegar a él. Muchas veces nos pasa que dejamos de intentarlo”. Hay una dimensión intersubjetiva del autismo por lo que la acción de “pensar y sostener que el autismo no tiene cura, que el autista es incapaz absolutamente de atribuir pensamientos o sentimientos a otros, produce efectos patógenos”[10]

La idea parcialmente correcta de que los niños autistas parecen no poder situarse en un mundo simulado y se recluyen en un mundo literal sin meta representaciones[11] no puede reposar sólo sobre bases biológicas, ya que de ese modo se cierra la posibilidad de pensar en otras formas de expresión simbólica (que sí presentan) por escapar al patterns esperable.

Recordemos a Badiou. Si la enfermedad es una situación, y no una condición. Y si la ética es la posición que ante esa situación no cesa de buscar una posibilidad, aunque ínfima, de transformación. Entonces la ética en el pensamiento es apostar a lo que abre y no a lo que cierra y encierra. No a lo que nos deja de cara a la pared. A lo que frena el desarrollo de nuestro pensar. Y nos vuelve más autistas.

el juego en eee
Educación Afectiva en una escuela de niños con capacidades diferentes

En nuestras experiencias en una escuela de educación especial a la cual concurrían niños con serios problemas conductuales y retraso mental medio a moderado -período junio 1991/junio 1993-, aplicando lo que llamamos Educación Afectiva, a través de horas de juego libre, bajo la modalidad del Análisis Corporal de la Relación, se han comprobado avances en la configuración subjetiva de cada niño del grupo de trabajo, aumentar el lenguaje interno y el desarrollo del lenguaje analógico (de la acción o corporal) y del lenguaje digital (verbal) en el 90% de los niños, acorde a la edad cronológica y mental de cada uno de los participantes, según los informes de los profesionales del Gabinete de esta Institución. La experiencia de campo fue acotada a dos años lectivos y se consideró necesario continuar con esta labor de no ser por las limitaciones que teníamos de que un proyecto de investigación no podía durar más de dos años y luego debía comenzarse con otra temática, acorde a lo que se reglamentaba en la Facultad de Psicología de la UNMDP.[12]

Hasta la próxima.

______________________________

(*) Basado en el libro de Juan Vasen (2011) Una nueva epidemia de nombres impropios. Buenos Aires. Ed. NOEDUC, págs. 133-142.

[1] Shakespeare, W. (1964) La tempestad. Obras Completas.

[2] Boto, A. (2009) Los genes no son todo.  Revista La Nación 29/03/2009.

[3] Galende, E. (2008) Psicofármacos y salud mental.

[4] Carta de Freud a Einstein, septiembre 1932. Ubicable en www.cayocesarcaligula.com.ar

[5] Galende, E. Ob. Cit.

[6] Paz, R. (2008) Cuestiones disputadas.

[7] Mises, R. (2005) El autismo: la perspectiva clínica y psicopatología. Entrevista por F. Caposana y D. Wintrebert, Vertex 62, Buenos Aires. Julio/agosto 2005.

[8] Sicile Kira, Chantal (2004) Austism Spectrum Disorders.

[9] Kauman, L. (2010) Soledades. Raíces intersubjetivas del autismo.

[10] Ídem.

[11] Frid, U. (2006) Autismo. Una explicación del enigma.

[12] Wanderley, S. (2017) Análisis Corporal de la Relación y Educación Afectiva. Buenos Aires. Ed. Sofía. Cap. XV.