FRACASO ESCOLAR

FRACASO ESCOLAR

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Los niños resultan paralizados ante el fracaso; comienzan a dudar de su habilidad para enfrentarse con las situaciones de todos los días. Les sobrecoge el entorpecimiento y la vergüenza y reaccionan de las maneras más inesperadas tratando de disimularlo y negarlo, o deprimiéndose. El joven se transforma pronto en un anciano, asediado por las preocupaciones, el cuerpo cansado, el rostro tenso, la voz baja y débil, la vitalidad y la energía gastadas.

El espejo refleja una imagen que tiene poco valor, un don nadie, una cifra, un fracaso. Un “alguien” potencial, se convierte en un don nadie derrotado; se rinde y se hunde en una vida de odio contra sí mismo y de retraimiento, a medida que los fracasos se acumulan. La misma desesperación, a menudo hace presa a los padres cuando leen las notas, que anuncian el fracaso escolar de su hijo. “Tal vez nuestro hijo no sea tan listo como pensábamos”, cruza por su mente. Subconscientemente comienzan a tratarle de manera diferente, recordando las debilidades en un trozo de papel, en vez de sus muchos puntos fuertes. El niño percibe este cambio sutil que sólo refuerza su propia falta de autoestima. El niño se aleja cada vez más de sus padres hasta que están más allá del alcance de la voz. Este es el momento de actuar. Su hijo ha fracasado; usted no puede aceptar este fracaso como una condena, como un fallo inapelable sobre las habilidades o valores de su hijo. Este no es el fin, sino el principio, hay que comenzar a trabajar.

Pedro fue incapaz de mantenerse a la par de sus compañeros de clase, en primer grado. La maestra llamó a sus padres a consulta y les aconsejó que le permitieran repetir el curso. La madre estaba asombrada. “¿Quiere usted decir que Pedro va a suspender en primer grado?” murmuró incrédula. El padre entrecerró los párpados dispuesto a discutir esa decisión. La maestra de Pedro sonrió amablemente y comentó: “No creo que tengamos que considerarlo como un fracaso”. El padre movió la cabeza vigorosamente “¿Cómo lo llamaría entonces? Hacerle repetir es lo mismo que fracasar. Sólo que usted utiliza palabras elegantes”. La maestra asintió con la cabeza. “Comprendo cómo se sienten, pero Pedro no puede mantenerse a la par de los otros niños” La madre de Pedro frunció el ceño. “¿Está tratando de decirnos que Pedro es estúpido?” La maestra la miró sorprendida. “¡Oh no, de ninguna manera! Siento haberles dado esa impresión. La verdad es que creo que Pedro es por lo menos igual, si es que no es más inteligente, que los demás”. La maestra aguardó. Deseaba que los padres comprendieran la señal, y descubrieran el mensaje con ella de manera que pudieran trabajar juntos durante el año próximo. El padre se inclinó en su asiento hacia adelante. “Entonces ¿cuál es el problema?” preguntó aliviado, pero curioso. La maestra pensó durante un instante y contestó: “Pedro parece menor que los otros niños”. “Pero si lo es –exclamó la madre-. Nació en noviembre. La mayoría de los otros niños son algunos meses mayores que Pedro”. La maestra sonrió. “Bueno, ésa podría ser la explicación. ¿Creen ustedes que ése podría ser el problema?” Los padres permanecieron callados durante unos minutos. Finalmente, la madre de Pedro devolvió la sonrisa de la maestra. “Desde luego. Ahora que pienso en ellos. Pedro siempre juega con niños más pequeños… Creo que no estaba preparado para el primer grado”.

La maestra de Pedro asintió, con un suspiro: “Creo que estoy de acuerdo. El año próximo estará listo y ¿no es mejor para él sentir que está triunfando en lugar de estar siempre detrás de los demás?” La madre asintió, pero el padre protestó: “Pero estará perdiendo todo un año”. La maestra replicó suavemente: “Creo que debemos decidir qué es mejor para Pedro. Esperar un año y encararse a las frustraciones del año próximo y tal vez de todos los años siguientes”. Los padres meditaron sobre estas palabras. Luego el padre que miró a su esposa replicó: “Queremos que permanezca con usted. Es lo mejor para él, pero, por favor, díganos como ayudarla el año próximo”. La maestra le aseguró que así lo haría. Los padres de Pedro dejaron la escuela comprendiendo el mensaje en el fracaso del hijo. Estaban preparados para aceptar, observar y ayudar a su hijo porque la maestra les había convencido de la mejor manera posible. Lamentablemente no todas las maestras son tan pacientes, perspicaces y dispuestas a colaborar como la de Pedro o tal vez ignoran como actuar ante estas circunstancias con los padres.

Esperar un tiempo más no resulta nada grave excepto para aquellos padres rígidos y veleidosos que se ufanan de que su hijo vaya algún año adelantado a los de su edad; esto es un gran inconveniente para el niño pues no se les respeta su propio desarrollo a estas edades tempranas.

Si su hijo no va bien en los primeros grados, podría ser necesario que ustedes, como padres, interprete el mensaje detrás de su inadecuado desempeño. La primera pregunta que debe usted hacerse es: “¿Está preparado para ir a la escuela? ¿Es demasiado pequeño para mantener el ritmo de los otros niños? ¿Repetir un año inferior le permitirá desarrollar la madurez emocional y educacional para conocer el éxito de aprender? Usted conoce a su hijo mejor que nadie. Observe el nivel de sus actividades, la edad de sus amigos, compárelo con los otros niños.

Algunas familias toman el enfoque educacional un tanto a la ligera. Los padres no recalcan la importancia de la escuela, sino que el énfasis puede recaer en otros temas familiares o sociales. El niño puede observar que no se lee mucho en su hogar. La televisión o las tablets se han convertido en la principal fuente de entretenimiento familiar; a la hora de la cena se discuten temas de poco interés y la bomba estalla cuando el niño trae notas bajas. Puede ser difícil para los padres admitir que la falta de estímulo en el hogar puede haber colaborado en el mal desempeño escolar del hijo. Pocos de nosotros nos detenemos a analizar el grado de curiosidad educacional que estamos estimulando en nuestros hijos; es importante que realicemos este trabajo ya que la señal de fracaso escolar puede ser el eco de nuestra propia señal de letargo intelectual.

Otros niños que fracasan en la escuela durante los primeros años dan la impresión superficial de que tienen un desarrollo intelectual lento. A menudo esos niños no son lentos en aprender, sino que pueden tener una disminución específica en el aprendizaje. De hecho, esos niños pueden ser normales o tener una inteligencia superior al promedio, pero tienen un rendimiento por debajo de su potencial.

¿Por qué? Porque tienen dificultades en procesar mentalmente la información que reciben de su entorno. Tienen que encontrar nuevas formas de aprendizaje para salvar el escollo y utilizar al máximo sus energías mentales. El aspecto importante de la señal de fracaso escolar es que la causa subyacente a menudo es muy difícil de descubrir, y que puede necesitar un acercamiento activo y continuo por parte de los padres. Para ayudar en este proceso existen numerosos profesionales médicos, psicólogos, psicopedagogos, que colaborarán con usted en la búsqueda de la causa del fracaso escolar.

En las familias donde la educación es un logro recompensado, no hay mejor lugar para la rebelión del niño que la escuela, especialmente cuando los padres hacen que parezca un entorno amenazante, porque ponen demasiado énfasis en los logros académicos y en consecuencia someten al niño a unas tensiones innecesarias y a menudo destructivas. El niño, al traer notas bajas, está expresando su mensaje de rebelión a través de este punto vulnerable que hiere socialmente a la mayoría de los padres. Si éste es el mensaje detrás de la señal del fracaso escolar de su hijo, usted debe dar marcha atrás y estudiar su comportamiento durante los días y semanas pasadas. ¿En qué medida es justificable la reacción negativa de su hijo? ¿Han sido sus castigos muy severos? ¿Eran acordes a la falta? ¿Pueden aflojarse las reglas estrictas lo suficiente como para que su hijo se sienta con mayor espacio emocional y físico? Si el niño reacciona en exceso, entonces los padres deben permitirle al niño que exprese abiertamente su enojo de manera que pueda ser discutido, aceptado, comprendido y apartado del desempeño escolar. “Sé que estás muy enojado conmigo por haberte castigado y haberte impuesto esas reglas. Lo comprendo, pero fracasar en la escuela, a la larga, te perjudicará todavía más. El mejor camino es decirme lo enojado que estás conmigo. Yo escucharé y aceptaré. Algunas veces no podré cambiar o aliviar las reglas, pero ambos nos entenderemos mejor sabiendo cómo nos sentimos”.

A veces los niños no fracasan porque sean deficientes, sino porque la enseñanza es tan mala que no pueden encontrar su camino a través de la desordenada masa de información que reciben. Estos niños están disgustados y frustrados por su incapacidad para comprender los vericuetos del mal organizado plan del maestro o de las técnicas educativas. Pregúntele a su hijo sobre su clase; mire sus apuntes, estudie sus exámenes. Si la señal del fracaso de su hijo reside en la enseñanza, entonces conviértase en abogado de su hijo; pelee por su hijo y por los demás niños de la clase insistiendo sobre un posible cambio. Reúnase con los otros padres y cuando lleguen a un acuerdo hablen con los directivos de la escuela y si no hay respuestas positivas recurran a los inspectores e inspectores jefes de la región.

Fijar niveles de rendimiento demasiado altos para un niño sólo puede llevarle a la frustración y finalmente a la desesperanza. Aun el más brillante de los niños renunciará, en última instancia, a tratar de ser siempre el mejor.

Todo el mundo tiene el derecho a no exigirse a fondo constantemente. Cada uno de nosotros necesita la prerrogativa de fracasar de vez en cuando y luego rehacernos para salir adelante.

La presión constante para tener siempre éxito es un “sueño” imposible, que rápidamente se convierte en una pesadilla para el niño. El resultado frecuentemente es el fracaso escolar, basado en la rotunda negativa del niño a participar en la lucha por el éxito para satisfacer a sus padres.

Otro ejemplo: El día en que la madre de Jorge llamó a la maestra de quinto grado después de haber leído las malas notas de su hijo, correspondientes al último trimestre, la maestra manifestó su agrado por la llamada. “Señora Tedesco, Jorge parece haber renunciado –dijo-. Cumplió con sus tareas hasta el trimestre anterior, pero ha dejado de esforzarse en clase. No ha entregado sus trabajos. Esta vez no he podido hacer otra cosa que darle malas notas.” La señora Tedesco la escuchó, preocupada, y preguntó: “¿Tiene usted idea de cuál puede ser el problema? “Sí -replicó la maestra- pero preferiría que habláramos personalmente.”

Al día siguiente, las dos mujeres se reunieron en la cafetería de la escuela. “Puedo estar equivocada -manifestó la maestra- pero algo ha ocurrido en la clase, que creo puede ser importante”. La señora Tedesco se echó hacia adelante en su silla, indicándoles a la maestra que continuara. “Bueno -dijo ésta titubeando-. Durante los meses anteriores he asignado los trabajo y Jorge los ha hecho bastante bien, pero menos que de costumbre. Se presentó a mí, después de clase y me pidió que le diera mejores notas. Cuando le pregunté por qué se echó a llorar”.

Hizo una pausa y contempló a la mamá de Jorge que comenzó a moverse inquieta en su silla. “Me dijo algo así como ‘por favor, deme una nota mejor. Mis padres se enojarán muchísimo conmigo, si no lo hace’.” La maestra volvió a hacer una pausa y a mirar a la otra mujer. Pero la señora Tedesco permaneció en silencio. Al preguntarle “por qué se enojarían ustedes con él por no tener una calificación distinguida, ustedes esperan que él sea el mejor de la clase. ¿Es verdad, señora Tedesco? ¿Lo esperan ustedes?”.

La señora Tedesco asintió. “Creo que sí, o al menos eso es lo que le hemos hecho creer a Jorge.” La maestra hizo una mueca. “Señora Tedesco -dijo gentilmente- Jorge es un chico inteligente. Pero es muy difícil que sea el mejor de la clase. Mi curso es el más escogido de quinto grado. Él tal vez nunca podrá cumplir con esas esperanzas”. La señora Tedesco dejó la taza de café sobre la mesa. “¿Entonces cree usted que nosotros somos la razón que hay detrás de las malas notas de Jorge?” preguntó en voz baja. “Así es. Creo que Jorge ha renunciado a intentar lo imposible. Simplemente, lo ha abandonado”. La señora Tedesco miró a la maestra y preguntó: “¿Qué debemos hacer?” La maestra sonrió alentándola. “Hágale saber que está haciendo lo mejor que puede, aun cuando no sea el primero de la clase”.

En el caso de Jorge, la maestra había observado la señal e interpretado el mensaje, mucho antes de que se produjera el fracaso. Tal vez había esperado hasta que apareciera el fracaso, con el fin de que la familia se diera cuenta de las serias consecuencias de sus irreales y excesivas expectativas. No se había equivocado. “¡El mensaje había llegado con toda su fuerza!”

También debemos tener encuentra si hay señales en conductas como el insomnio, enfermedades psicosomáticas reiterativas como “otitis”, enfermedades respiratorias, crisis subintrantes de ataques de asma, disfunciones cardíacas como las taquicardias repetitivas, dolores en el sistema digestivos, distracciones o descomposturas asiduas. Primero siempre consulte a su pediatra así descarta todo problema biológico. Si no lo hay, busquemos entonces las causas emocionales que encubren estos síntomas. Cuando las disfunciones de órgano se repiten a través del tiempo pueden llagar a producir daño orgnánico.

No queremos terminar este capítulo sin mencionar que la mayoría de los profesionales de la salud mental se rigen por el nomenclador DSM IV y el nuevo DSM V. Nosotros tenemos nuestras formas de analizar las conductas y pensamos que es mejor no “rotular” al niño mediante un cuadro determinado pues ello trae inconvenientes cuando el niño se enfrenta a contextos distintos al de su hogar en donde la incomprensión de los problemas infanto-juveniles nos son lo que impera en determinados grupos sociales. Cf. Nora Grañana y otros (2014)

Además, hemos constatado, como lo hemos confirmado en párrafos anteriores, desde el psicoanálisis y desde el análisis corporal de la relación, que hoy día muchos profesionales deberían hacerse este interrogante ¿Se ha acentuado una patologización de la infancia?  Por ejemplo, la desatención y la hiperactividad se han transformado en los motivos de consulta más frecuentes en la infancia.  Asistimos a un predominio de una modalidad de diagnosticar que sólo se guía por las conductas observables sin tener en cuenta la historia, ni el contexto social y escolar. Esto genera un etiquetamiento en los momentos en los cuales el niño se está constituyendo como sujeto y la imposibilidad de alojar el sufrimiento infantil. Y ni hablar del desconocimiento que tienen muchos profesionales de la comunicación que el niño realiza a través de su lenguaje analógico.

El furor de la propaganda de los laboratorios a través de medios de comunicación masiva y/o sus representantes para los médicos a través de sus “muestras gratis”, han incidido enormemente en salud mental a favor de sus intereses económicos. El funcionamiento psíquico abarca mucho más que un buen desarrollo biológico y, además, los resultados de los medicamente utilizados con los niños pueden acarrear más problemas que soluciones para su normal desarrollo integral. Cf. Gabriela Dueñas (2014) La patologización de la infancia ¿Niños o Síndromes?  y/o Gisela Untoiglich (2012) Versiones actuales del sufrimiento infantil.

Hasta la próxima.