FOBIA ESCOLAR

Fobia escolar

Fobia escolar I

Los niños pueden señalar su miedo de ir a la escuela de muchas maneras diferentes. Uno puede vomitar, al salir de la casa para tomar el micro escolar. Otro, puede manifestar constantes miedos imaginarios sobre lo que le sucederá en la escuela. Algunas veces, el niño utiliza las historias fantásticas sobre incidentes escolares en un intento de evitar ir a la escuela. Muchos niños fingirán estar enfermos para quedarse en el hogar y faltar al colegio. Otros se arriesgan y hacen novillos. Algunos van a la escuela, pero se escapan de la situación soñando despiertos u “olvidándose” de ir a clase cuando termina el recreo. La señal de fobia escolar puede ser obvia, escandalosa y física, o ser sutil y disimulada por muchos disfraces, pero no importa cuál sea la cubierta, el mensaje primario es: “No quiero ir o estar en la escuela”.

La educación de un niño es una de las partes más importantes de su vida. La pregunta que se debe afrontar en cada caso de fobia escolar es: ¿Cuál es el mensaje que hay detrás de la señal? ¿Qué es lo que está diciendo su hijo, qué le hace diferente de los otros niños del vecindario, que van diariamente a la escuela sin llorar o protestar? ¿Qué está sucediendo en la escuela que el niño teme, no puede afrontar, no quiere aceptar?

La señora Samanta trajo a su hijo Juan de cuatro años y medio de edad a nuestro consultorio, para su revisión preescolar, a principios del verano. Cuando entró en la sala, su hijo se agarraba de la falda ocultando su cara en los pliegues. Juan, su cuarto hijo, había llegado un poco tarde en su vida, casi seis años después del tercero.

No fue fácil separar al niño de su madre, pero, después de un largo rato de suave persuasión, permitió que el pediatra le examinara. Juan era, físicamente, un niño sano, pero estaba dando un aviso de las dificultades que se avecinaban: excesivo apego. La señora Samanta se sintió satisfecha al saber que su hijo gozaba de buena salud. Cuando se disponía a irse la detuvo la siguiente pregunta “¿Espera usted tener problemas con Juan cuando tenga que ir a la escuela, el próximo otoño?” Se volvió a sentar con una expresión de alivio en el rostro: “Sí”, contestó. “¿Por qué?” La señora Samanta miró rápidamente a su hijo, apretado contra su cuerpo y respondió: “Juan parece que nunca me pierde de vista. No puedo ir a ningún sitio sin él. No sé cómo hará para dejarme e ir a la escuela”. Hizo una pausa y esperó una respuesta. La próxima pregunta fue: “¿Qué hace para alentarle a que se separe de usted?” Se miró las manos y replicó: “No mucho. Todos nuestros hijos están fuera la mayor parte del día, así que Juan y yo hacemos casi todo juntos. Creo que me necesita porque es tan joven y tiene miedo de los otros niños”.

Juan era un caso evidente de “fobia escolar” en embrión. No se podía dudar de que se negara a separarse de su madre, para ingresar en el entorno del aula escolar. El mensaje detrás de la señal estaba contenido en las propias palabras de la señora Samanta. Pero la pregunta había que plantearla de una manera distinta. En esta situación, ¿quién necesitaba a quién?

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Una de las causas más comunes de los miedos escolares en el niño es la preocupación por separarse de un padre, con el cual el niño tiene un excesivo apego. Con frecuencia el mensaje que está casi en la superficie de la relación padre–hijo, es tan sólo miedo a lo desconocido. ¡La escuela es un planeta extraño! Existen madres que están preocupadas por “perder” al hijo en un entorno escolar “foráneo”, abandonando la influencia dominante sobre la vida de su hijo a una persona extraña conocida como “maestra”. El niño puede sentirse culpable si se marcha a la escuela sin mirar con tristeza a sus padres, quienes, sin darse cuenta, han plantado la semilla del miedo a la separación en el niño. La fobia escolar permite al niño comunicar al padre que la separación es tan dolorosa para él, como lo es obviamente para la madre.

¿Quién es en realidad el que tiene fobia escolar en estos casos? ¿Quién está enviando señales? A menudo es el padre el primero en forzar la dependencia en el niño y el miedo a la separación. El niño devuelve la señal, habiendo descifrado fácilmente el mensaje paterno. En el caso del niño, la señal es habitualmente menos sutil; un llanto, un grito, el berrinche, la negativa a partir para la escuela, expresan claramente la fuerza y la necesidad de una estrecha y continua relación padre–hijo. En otras circunstancias vemos la situación en que la madre no puede ver o confiar en que su hijo pueda hacer determinadas cosas por sí mismo pues siempre lo ve como “mi bebé”. Es frecuenta ver a mamás que tienen un doble mensaje con su hijo, por un lado, le da la mamadera cuando ya puede ingerir alimentos sólidos por sí mismo e incluso suele acercarle la comida a la boca mientras por otra parte le pide o exige que “sea grande de una vez”.

¿Cómo podría, la señora Samanta, resolver que Juan dejara de desarrollar las señales de fobia escolar? Primero, debía reconocer y aceptar su rol en la creación de una relación sobre dependiente con su hijo. Luego, debía alentar al niño a que pasara más tiempo separado de ella, indicándole que ella tenía una vida independiente de él. Debía tener confianza en que él podía arreglarse sin ella. Para conseguir todo esto, ella debía estar dispuesta a hacer cosas sin su hijo. Además, la señora Samanta debía buscar otros niños de la misma edad que Juan, para que pudiera jugar. Al principio, el niño se resistiría e intentaría volver a la protección de las faldas de su madre, pero la señora Samanta debería persistir, haciendo saber a su hijo que ella deseaba –y esperaba- que jugase con los otros niños. Por último, varias visitas previas a la nueva escuela, antes de que se inicia el curso, ayudaría al niño tímido y asustado a la aceptación de abandonar a su madre para ir al colegio.

Muchos padres no tienen la oportunidad de prevenir la fobia escolar; un niño puede, repentinamente, rebelarse durante los primeros días de escuela. La señal tal vez sea la misma al igual que el mensaje: miedo a la separación. Hay que hacer algo urgentemente; primero, llevar al niño de vuelta a la escuela. Las ausencias solo reforzarán el miedo; permanecer en la casa, le brinda la recompensa de una mayor atención. Acompañar al niño a la escuela y quedarse con él por intervalos cortos puede ayudarle al principio, pero el fin primordial es la rápida y completa separación entre padres e hijos durante las horas que debe permanecer en la escuela. El niño tiene que comprender, creer que puede funcionar satisfactoriamente por sí mismo. Además, debe darse cuenta de que sus padres puede (y deben) manejarse sin él, durante las horas escolares. Esto es una parte necesaria del desarrollo emocional de un niño. No puede convertirse en un adulto autosuficiente, si está paralizado por la dependencia hacia sus padres. Romper el ciclo de dependencia, interpretando correctamente el mensaje detrás de la señal de la fobia escolar, es un paso importante en el buen desarrollo de un niño.

Muchas veces, la situación en el hogar puede no ser la verdadera razón para el miedo a la escuela. Si aparentemente no hay ninguna razón dentro del hogar para explicar el rechazo de su hijo a la escuela, entonces se impone que averigüe lo que está ocurriendo en la escuela, ya que en ésta puede estar el problema. Sería muy agradable creer que todos los maestros son individuos cariñosos, comprensivos, perspicaces y tolerantes. Los maestros, como cualquier otro profesional, son humanos, falibles y variados. Si su hijo teme la escuela, el problema puede estar vinculado directamente con el maestro. Éste puede ser un maestro excelente y aplicado, pero también son personas que pueden tener un enfoque de vida muy diferente al suyo. El ambiente creado por el maestro en su aula puede ser directamente opuesto al de su hogar.

Por lo general, el niño que proviene de un hogar tranquilo y permisivo se encuentra con una situación difícil ante las estrictas reglas exigidas por maestros rígidos. ¿Se le debe pedir al maestro que cambie el ambiente de su aula para que se ajuste a su hijo? Imposible. Pero sí le puede pedir al maestro que comprende por qué su hijo es infeliz; ¿cómo los dos entornos difieren y cómo reducir el miedo e intranquilidad que siente su hijo.? También usted debe interpretar un rol; reconsidere la situación hogareña.  ¿Hacen falta más reglas para ayudar a su hijo a enfrentarse con las realidades del mundo exterior estructurado y exigente? Juntos, los padres y el maestro pueden trabajar hacia una compatibilidad entre el hogar y la escuela que no socave los planteamientos de cada uno de ellos.

Por otro lado, el maestro puede no ser un individuo que pueda cambiar; puede ser muy estricto y severo, tener favoritos y crear una atmósfera que estimule el miedo a la escuela. Si usted visita el aula y descubre que éste es el caso, luche para que su hijo sea cambiado de clase. También puede decidir cambiar de escuela si observa que las exigencias de toda la institución son demasiadas altas y rígidas como para que su hijo pueda enfrentarlas.

Darío no había tenido dificultades en ir al primer grado. Se había acomodado bien a su maestra y compañeritos. Así que fue toda una sorpresa cuando se echó a llorar en clase, estando en segundo grado, y rogó a su maestra que le permitiera marcharse a casa. Ella rehusó, y le consoló y convenció para que se quedara el resto del día. En los días siguientes, Darío trabajó poco y se atrasó con respecto a los otros niños. Su maestra finalmente citó a los padres para que vinieran a la escuela.

Sólo la madre de Darío se presentó a la cita. La maestra preguntó por el padre: “¿está trabajando?”. La madre negó con la cabeza. “Oh, no. Su padre, el abuelo de Darío, está muy enfermo, y tiene que ir al hospital a visitarle todos los días. No estamos seguros de sí vivirá”. La maestra de Darío captó el mensaje y preguntó: “¿Qué piensa Darío de todo esto?” La madre del niño reflexionó un instante antes de contestar: “No creo que lo sepa. Adora a su abuelo. Le hemos dicho a Darío que se ha ido de viaje”. La maestra asintió: “¿Sabe usted por qué la he hecho venir?” La madre de Darío movió la cabeza. “No, pero hemos estado tan preocupados…”. La maestra contempló sus manos por unos segundos. “Darío ha estado llorando y pidiendo todos los días volver a su casa. Cuando hago que se quede comienza a soñar despierto y no cumple con su trabajo. Parece un niño tan preocupado”. “¿Preocupado? ¿Darío? ¿De qué puede estar preocupado?” La maestra del niño sonrió débilmente y respondió: “Probablemente de la misma cosa de la que se preocupa usted y su marido: su abuelo. Me pregunto si Darío sospecha algo, pero tiene miedo de preguntar”.

Esta perspicaz maestra había escuchado la breve conversación, y rápidamente había encontrado el mensaje detrás del súbito miedo escolar de Darío.

Los niños que se enfrentan con enfermedades o desórdenes en la familia suelen tener miedo de separarse de la dolorosa situación y desarrolla fobia escolar. Sienten que algo terrible pasará si están fuera del hogar, y casi creen que pueden evitar que sucedan esas cosas, si están presentes. Darío estaba atemorizado con la idea de que su abuelo moriría si él estaba lejos. El miedo a la muerte, cuando ha habido enfermedades recientes o fallecimientos dentro de la familia, suele despertar miedos reales en el niño, miedo de que nuevos episodios terribles ocurran durante su permanencia en la escuela. Las peleas de los padres ya sean verbales o físicas, frecuentemente crean un sentimiento de temor, de que uno o ambos abandonen el hogar, o haga daño al otro, mientras el niño está en el colegio.

Muy a menudo los padres piensan que han conseguido ocultar al niño la tragedia o las peleas. De hecho, es muy difícil conseguirlo: el hogar resuena con la tensión y las preocupaciones susurradas. Pocos niños son tan insensibles como para no captar las vibraciones de un inminente desastre familiar. No es sorpresa alguna, en consecuencia, que se resistan a dejar esa bomba de tiempo para ir a la escuela, sin saber lo que puede llegar a pasar durante su ausencia.

La honestidad es la mejor y única política que seguir. Intentar ocultar lo que es obvio,a los ojos y oídos atentos de un niño,es inútil.Con frecuencia el niño dirige su atención hacia partes de la situación desproporcionadas o hacia aquellas de la que puede sacar falsas conclusiones.

Una visita al hospital, para una revisión de un tumor benigno en el pecho, puede ser fácilmente interpretado por el niño como un inminente desastre físico para la madre; una discusión familiar sobre las cuentas del mes puede llevar al niño a pensar en el divorcio. Es mucho mejor hablar con el niño, utilizando el sentido común, tacto y palabras que pueda comprender. Después de un fallecimiento en la familia, el niño necesita a menudo que se le asegure que los demás miembros de la familia están bien. Si el divorcio o la separación se concretan, el niño debe recibir la firme declaración paterna de que ni el uno ni el otro desaparecerán súbitamente de la vida del niño. Estas son preocupaciones reales y deben ser afrontadas. Cuando se trata de una enfermedad, el niño puede hacer frente a sus temores reales permitiéndosele llamar a su casa, o al hospital, a intervalos razonables mientras está en la escuela. Este es un reconocimiento de las razones básicas detrás de la señal de fobia a la escuela, y ayuda al niño a enfrentarse con sus preocupaciones auténticas. A menudo es la fobia escolar la que señala que su hijo conoce y está profundamente preocupado por problemas familiares importantes. De hecho, el miedo de permanecer en la escuela puede llegar a ser la única señal que usted reciba. Es por esta razón por lo que resulta vital, para cada padre, valorar correcta y rápidamente el mensaje que hay detrás de súbito miedo a la escuela.

Al hijo único le cuesta mucho adaptarse a la experiencia escolar, debido a que éste generalmente no es una persona grupal. Las amistades con otro niño pueden ser muy estrechas, pero unirse a un grupo de iguales puede no ser tan fácil.

Para el hijo único la escuela puede ser la primera experiencia en un grupo, y el niño puede sentirse tímido y torpe, y puede tender a retirarse a los rincones apartados de la clase, o intentar permanecer en el hogar para no encontrarse con la “muchedumbre”. Los padres de un hijo único pueden prevenir el desarrollo de esta señal asegurándose de que su hijo tenga frecuentes y diversos contactos con otros niños durante los años preescolares.

Nélida era una alumna de jardín de infantes alegre y feliz. La maestra le había repetido una y otra vez a la señora Mercedes su deseo de que todos los chiquillos de su clase fueran tan bien adaptados como Nélida. Pero algo serio comenzó a suceder en primer grado. Al principio Nélida comenzó a protestar por tener que ir a la escuela; se negaba a hablar sobre lo que había hecho durante el día cuando volvía a su casa. Sus padres estaban preocupados. Justo un año antes, ella había estado encantada con cada día de clase, comentándolo todo con excitación. Ahora se enfrentaban con un silencio malhumorado. “Probablemente se trata de una ‘fase’ –dijo el padre de Nélida consolándose a sí mismo-. No nos apresuremos. Esperemos y veamos qué sucede”, le explicó a su esposa mientras hablaban cada noche sobre el problema. La cartilla de notas llegó a casa acompañada de un mar de lágrimas. Las notas eran inferiores a las esperadas por los padres; Nélida estaba avergonzada y frustrada. “¿Deberíamos ir a la escuela?” le preguntó la madre a la niña. Nélida pateó contra el suelo gritando: “¡No!” Ante el temor de perturbarla aún más, los padres no fueron a la escuela. Finalmente, terminó el curso y, milagrosamente, el humor de Nélida cambió, volviendo a ser alegre y feliz.

A través de todo el verano, la familia pensó que su hija se había recuperado y que había superado una fase muy negativa de su vida y dieron las gracias por ello. Pero a medida que se acercaba el próximo curso, volvió el malhumor, y para cuando llegó el primer día de clase, Nélida había dejado de comunicarse; escondió la cabeza bajo la almohada, cuando su madre fue a buscarla esa mañana. Se aferraba a las mantas negándose a salir de la cama. Sus llantos despertaron a todos los miembros de la familia. Los padres dejaron que la niña no fuera a la escuela ese día y en cambio fueron ellos.

En la conversación con la maestra de primer grado, los padres de Nélida recibieron una fuerte sorpresa. La buena mujer intentaba explicarles, con todo el tacto posible, que Nélida no era tan inteligente como los otros niños. “Tiene puntuaciones en las pruebas más bajas que los demás. No parece comprender el trabajo. Nélida nunca termina sus hojas de prueba”. Estas palabras eran devastadoras para los progenitores. Todo lo que pudieron decir fue: “Pero nosotros pensábamos que era una niña muy inteligente” La maestra sonrió tolerante y movió la cabeza. “Sé que se debe sentir muy frustrada en la escuela. Todos los demás niños le llevan mucha ventaja”.

Los padres de Nélida conocían el mensaje detrás de la señal de fobia escolar de su hija. No deseaba enfrentarse con la humillación diaria del fracaso escolar. Podrían haber aceptado el diagnóstico de la maestra y permitir que Nélida terminara en una clase para niños especiales, donde hubiera languidecido, odiando a la escuela cada día más. Pero se negaron a creer que esto era todo el contenido de la señal y el mensaje que les había transmitido la maestra. Los padres solicitaron una entrevista con el psicólogo de la escuela, quien sometió a la niña a una serie de pruebas. Después de escuchar su informe, consultaron a un psicólogo privado, que confirmó la primera opinión. Nélida era indudablemente, una niña inteligente, pero tenía un serio problema visomotor que le obligaba a tomar más tiempo que sus compañeros para ligar la información escrita. Podía aprender lo mismo, tal vez, pero necesitaba ayuda especial. Los progenitores se ocuparon de que Nélida tuviera esta ayuda.

El próximo paso fue convencer a Nélida de que no era tan “tonta” como ella pensaba. Sus padres trabajaron con ella para compartir positivamente sus éxitos y estimularla delicadamente para que volviera a intentarlo después de sus fracasos. Nélida recuperó gradualmente la esperanza de que pudiera triunfar en la escuela. El descubrimiento cambió su odio a la escuela por un sentimiento de desafío y expectación.

Como en el caso de Nélida, la fobia escolar puede ser el primer síntoma de un desorden específico en el aprendizaje por el cual el niño capacitado es incapaz de trabajar con éxito en el mismo nivel que los otros niños. La frustración por los fracasos diarios alimenta la hostilidad y antipatía hacia la escuela, hasta que, finalmente, el niño se rebela, renuncia y se niega a volver al escenario de sus fracasos. Los padres de Nélida podrían no haber entendido plenamente lo que Nélida estaba señalando con su negativa a ir a la escuela. Si no hubieran seguido su mensaje hasta el final. Nélida podría haber sido relegada a un futuro de fracaso educacional. Es importante que los padres tengan en cuenta, antes del inicio del ciclo escolar, que el niño pueda tener un examen médico para descartar si el niño tiene buena visión, si escucha perfectamente y no tenga dificultades para respirar.

Serían medidas preventivas para no caer en la situación antes comentada u otras similares.

Hasta la próxima.