LOS LÍMITES EN LA TEMPRANA INFANCIA

LOS LÍMITES EN LA TEMPRANA INFANCIA

¿CÚALES SON Y POR QUÉ SON NECESARIOS?

 

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“¡¿Dónde están los límites?!”

En el contexto de los vínculos tempranos, cuándo se habla de límites, nos estamos refiriendo a “límites constitutivos”. Son aquellos que demarcan subjetividad y otredad. Sobre éstos, más adelante, se edificarán la normativa y sus posibles transgresiones. Es necesario establecer otra distinción, ya que en muchos de los niños que hemos analizado se observa que no tienen ciertas diferenciaciones primarias constituidas.  Veamos un ejemplo: la mamá de Elena, quien dice que le pega a la niña constantemente para que haga caso, cuenta que hace unos días la niña trajo de la escuela su mochila llena de cosas que no eran de ella, sin poder dar ninguna explicación al respecto. Dice la madre: “Ella lo hace porque alguien le dice que lo haga, no entiende la gravedad. Entonces yo le pego para que entienda que eso está mal”, sin darle ninguna explicación a su acción.

Como decía F. Dolto: “De él se habla mucho, pero a él, no se le habla”. Cuando se aplica un límite hay que decirle al niño porque se lo castiga o lo premian, explicarle las consecuencias de sus acciones y además los sentimientos que le despiertan sus conductas. Si no le hablamos aparecerán sujetos que padecen de carencias estructurales en su constitución de aquellos que sufren circunstancias ocasionales como duelos, traumas actuales que sacuden momentáneamente al psiquismo.

Es imprescindible dejar en claro que cuando aquí hablamos de límites no nos estamos refiriendo ni a la violencia, ya sea físico o verbal, ni al autoritarismo. Lo entendemos como un borde simbólico que permite que algo no se sobrepase, que acota, coloca un tope, posibilita construir coordinadas entre las cuales es lícito moverse, señal con anticipación dónde está ubicado el peligro y que, desde la perspectiva parental, siempre está ofertado y sostenido por un otro que enuncia lo que es posible y lo que no, acompañado de un índice afectivo amoroso. Cuando esto ocurre, el niño se apacigua, logrando apuntalarse en ese otro que lo contiene y puede, consecuentemente, ocuparse de ser chico. Sin embargo, cuando esto no sucede, o acontece deficitariamente -como hemos visto en diversas viñetas clínicas en estos artículos-, sobre todo a edades muy tempranas, el pequeño queda a expensas de un displacer que no puede terminar de evacuar y de un sinsentido que no le permite anudar lo corporal a lo simbólico, dejando el cuerpo desgarrado, loco. Es aquí cunado se presentan los desbordes.

Niños desbordados, padres excedidos, que no pueden acotar, dejando a los pequeños sin contención, en estado de desamparo, que no posibilita que el Yo Psíquico termine de constituirse y opere con sus mecanismos de ligazón cabalgando sobre su Yo Corporal. No se tratará, entonces, de que el niño desafía o se opone al otro, ya que para eso los límites deberían estar claramente establecidos, sino que, al no poder constituir esos bordes que lo delimitan, su inconmensurabilidad lo desborda y entonces se defiende hiperactivamente, de modo oposicionista o conductas desordenadas.

Cuando analizamos nuestras entrevistas con los padres vemos que, más madres que padres, refieren a dificultades con relación a la puesta de límites. La mayoría de las madres establecen predominantemente vínculos duales con sus hijos, por lo tanto, no habilitan la inclusión de un tercero ordenador como es quien ejerce la función paterna. Pero también hemos visto que concomitantemente, hay padres que están absolutamente ausentes de la vida del niño, por lo tanto, toda la responsabilidad recae sobre la madre, que también suele tener numerosos inconvenientes. En un 25% de nuestras entrevistas hemos visto que predomina la desorganización materna y nada es anticipadle.

En un estudio se halló que la figura paterna aparecía, desde el discurso materno, predominantemente como ausente o, en su defecto, excesivamente permisiva y en menor medida autoritaria. Referían como figura ausente no sólo a los padres que no estaban presentes en la realidad cotidiana del hijo, sino también aquellos que, estando presentes, delegan la crianza de los hijos en las mujeres. Asimismo, se los consideraban ausentes cuando no ingresaban como necesarios desde la habilitación psíquica de las madres, es decir, cuando la madre no permite una relación fluida entre el padre y el hijo por considerar que el niño solo a ella le incumbe la atención.

Los padres permisivos eran aquellos caracterizados como con serias dificultades para ponerles límites a sus hijos e incluso que por momentos obstaculizaban la crianza. Los padres autoritarios aparecían en menor número y eran presentados como arbitrarios, desinteresados de la crianza del hijo, con exigencias desmedidas hacia el niño y predominio de castigos corporales. Hemos observado que este tipo de padres no ejercían la función separadora entre los hijos y la madre y que esta sea discriminada como mujer y madre. Por el contrario, generaban temores y promovían alianzas duales que disminuían en los pequeños el deseo de acceso al mundo circundante.

Subrayamos el hecho que en este tipo de casos es altamente frecuente encontrar situaciones indiscriminadas generacionales, sea porque los lugares y funciones se confunden o porque los padres funcionan como hijos y son estos últimos lo que asumen funciones de sostén y protección de sus progenitores, es decir, establecían una a simetría invertida. Las relaciones asimétricas entre padres e hijos son características de lo humano y condición de los procesos de subjetivación del niño. Desde esta asimetría se va posibilitando la constitución del psiquismo. Cuando el menor se encuentra con otro que no puede sostenerlo y acotarlo, se va a constituir con serias carencias subjetivas que le dificultan organizar los elementos de su universo, enfocarse y atender a los mismos.

La dificultad se presenta cuando ante situaciones traumáticas como separaciones, muerte de un familiar, se convierten en deshistorizantes -no se habla de estas situaciones al niño-, hacen tambalear los vínculos, identidades y proyectos, presentándose clínicamente como síntomas de angustia, vacío o desvalimiento, como lo observamos en nuestras entrevistas. Cuando existen carencias en relación con los objetos primordiales (los padres), ocurre lo mismo, porque entonces la autoridad queda dividida cuando los progenitores no se ponen de acuerdo en cuanto a lo que consideran como deben conducir el desarrollo de los hijos. Ante la falta de unión de criterios de la pareja de los padres pareciera que uno de los dos siente que su hijo es un desobediente y no es así, el niño va en busca de la satisfacción de su deseo y por lo tanto va a responder a uno de los dos padres, seguramente a aquel que le facilita la concreción de su deseo.

En situaciones de discusiones entre los padres, en las entrevistas hemos detectado que los secretos y las mentiras son frecuentes. Cuando estas situaciones son sospechadas por los niños, aún en forma ambigua o contradictoria, los padres dejan de representar la función de garantes de la verdad, promoviendo un tipo de transmisión transgeneracional alienante. De este modo queda capturada la capacidad de pensar y atender del niño, porque está ocupado en encontrar sentido a los fragmentos deshilvanados de su historia y entonces que en la escuela estos niños se presenten como ausentes o que presten poca atención y/o hiperactividad.