EL TIEMPO DE LAS REDES SOCIALES ES TAMBIEN EL TIEMPO DE LA FRAGILIDAD SOCIAL (2)

REALIDAD E ILUSIONES QUE DESPIERTAN LAS REDES SOCIALES EN LA POLÍTICA Y EN LO SOCIAL 

 

Conflictos por las redes
Las redes sociales ¿Unen o separan?

¿Las redes sociales también tratan de cumplir una función parecida a la de los antidepresivos…?

La era de las redes sociales es también la era de la fragilización social. Es un hecho empírico. Vivimos en sociedades muy individualizadas, con vínculos sociales muy débiles, con vínculos organizativos también muy débiles, y es en ese contexto social en el que han cobrado mucho protagonismo las redes sociales.

Es un tipo de relación que puede ser muy abundante, con miles de seguidores y amigos, pero también bastante superficial y muy frágil, sobre todo porque es un tipo de relación reversible a voluntad, que no está basada en el compromiso, sino en la preferencia: si me canso de seguir a alguien o deja de gustarme que me siga, pues lo dejo de seguir o lo bloqueo. Y los vínculos sociales no funcionan así exactamente: no prescindimos de nuestros amigos porque se pongan pesados en una determinada ocasión; no prescindimos de las organizaciones políticas o sindicales a las que pertenecemos porque no nos apetezca asistir a una asamblea o a una manifestación…

Al mismo tiempo, las relaciones digitales, a pesar de que son superficiales y frágiles, nos proporcionan una cierta sensación de conexión, y por eso las hemos comparado alguna vez con psicofármacos. Nadie confundiría la sensación que produce un antidepresivo con una vida plena o con la autorrealización personal, nadie sería tan idiota … y, sin embargo, lo que ha conseguido la ideología digital es hacernos confundir la vida digital con una vida no sólo plena sino incluso superior a la que llevábamos en el mundo analógico. Además, tanto la televisión como los celulares y las tablets tienen un efecto adictivo que produce perjuicio en las personas.

Lo que sucede finalmente es que nos relacionamos con paquetes limitados de información, pero ahora creemos que proceden de una esfera pública infinita donde todas las opciones están disponibles y que hemos elegido con total neutralidad.

El efecto de esto es muy perverso, porque no sólo opera ese filtro-burbuja (que seguramente ya existía antes cuando uno elegía su periódico o los medios más afines para informarse) sino que ahora tiene un añadido: la idea de que la información procede de la libre elección más absoluta y de una criba crítica sistemática, es decir, de una selección que se efectúa entre varias cosas o personas para separar las que se consideran buenas o apropiadas para algo de las que no lo son.. Eso es lo característico de este momento: no tanto que existan sesgos muy pronunciados en nuestros medios de comunicación –nosotros creemos que en eso hay una gran continuidad– sino que ahora nos creemos agentes críticos super-sofisticados. Y eso si tiene un efecto pernicioso.

Las redes sociales ¿general fraternidad? Uno de los problemas que hemos detectado en las últimas décadas desde la filosofía política o la sociología crítica es que de alguna forma los procesos emancipatorios exigen condiciones no sólo materiales y políticas, sino también sociales, es decir, que hace falta una cierta urdimbre social para que esos procesos se pongan en marcha. Profundizar en la democratización es muy complejo en una sociedad muy atomizada e individualista.

Yo creo que los que ven con más optimismo el auge del paradigma digital tienden a pensar que ahí se ofrece una solución a los dilemas de la sociabilidad contemporáneos y que tiene unas fuertes potencialidades críticas. Yo lo veo al revés: yo creo que en la medida en que sepamos solucionar o superar esa fragilización de las relaciones sociales, encontraremos usos de las tecnologías de la comunicación que hoy ni siquiera imaginamos.

Mientras tanto, se está viendo que las redes sociales, en este estado de fragilidad social y atomización, son muy destructivas: por eso nos estamos insultando todo el rato y se generan esas dinámicas de linchamiento tan perniciosas. De momento hay muy poca fraternidad.

¿Las redes sociales podrían ser en esencia una especie de trampa para controlar más a las personas o para obtener información que pueda usarse con objetivos mercantiles? ¿Están en realidad más al servicio del llamado ‘big data’ que de las relaciones interpersonales?

Aquí también vemos una gran continuidad entre los procesos de control social que estamos viviendo ahora y los que se vivieron en el pasado. Es verdad que ahora los estamentos oficiales se dedican a vigilar Twitter y las redes sociales para meter en la cárcel a la gente, pero no es menos cierto que lleva encarcelando a gente y cerrando medios de comunicación por sus opiniones desde hace mucho tiempo. Hoy todos conocen a Assange o a Snowden, y se les relaciona con el medio ambiente digital… pero menos gente se acuerda del muchacho que por insultar al presidente se lo buscó y se lo detuvo bajo la supervisión de un juez.

Así que también conviene reflexionar acerca de la tolerancia que hemos tenido en el pasado a esa represión y preguntarse por qué solo en la medida en que median las redes digitales nos empieza a preocupar.

Y el asunto del ‘big data’, lo único que ha hecho, una vez más, ha sido acelerar tendencias en curso. Es verdad que el diseño de las últimas décadas del medio ambiente digital llevado a cabo desde una perspectiva muy mercantilista ha facilitado todo eso. Si ese medio ambiente digital hubiese estado más intervenido por instituciones públicas sería más fácil poner coto a todos esos procesos de explotación mercantilizadora, pero como ese desarrollo ha sido muy privado, pues ahora nos cuesta más… es cierto que hay una semilla de mercantilización muy potente.

También es cierto que en la explotación del ‘big data’ para desarrollar herramientas represivas se superpone a una tradición de políticas punitivas en el contexto neoliberal… pensar estas cosas en términos de una especie de ‘Gran Hermano’ digital es no entender nada.

Y lo mismo pasa con las dinámicas extractivas digitales, todo ese conjunto de acciones orientado a convertir nuestras relaciones sociales en fuentes de beneficios para las grandes empresas. Es decir, nuestro capital social y relacional, que sirve por ejemplo para alquilar una habitación o ser conductor en un servicio de transportes, es explotado por una empresa que no hace nada salvo poner una mínima estructura digital. Me parece que esto tiene un parentesco muy cercano con los procesos de financiación previos, que existen desde principios de los años 80, donde las mayores fortunas se generan a base de no producir nada, básicamente. Esas dinámicas extractivas exploran nuevos territorios, y una vez que se agota el mundo real, el mundo digital es el nuevo terreno para colonizar.

El consumismo hace que las personas lleven “vidas dañadas”.  ¿De qué manera daña o perjudica este sistema a la vida de las personas?

El consumismo no consiste sólo en comprar mucho. El consumismo es más bien un ideal de vida buena y de autorrealización en el mercado, a través de la compra y de la venta, y es un modelo de vida muy extendido en el que, por desgracia, todos participamos en alguna medida.

Y es un modelo que genera vidas dañadas, porque te impide tener un proyecto de vida buena mínimamente coherente; te quedas abandonado a los azares del mercado, persiguiendo como un hámster la última novedad, la tendencia que esté de moda.

Aspirar a llevar una vida buena exige tener un cierto proyecto moral de vida, exige pensar qué tipo de persona quieres llegar a ser y trabajar en esa construcción y asumir a veces que hay fracasos. Y yo creo que el consumismo dinamita eso, porque atomiza completamente tu vida y te convierte sencillamente en un elector racional cuya única perspectiva de la vida es el ahora. No tienes ni pasado ni futuro, tus únicas perspectivas son tus preferencias presentes, que mañana cambiarán y ya son distintas de las de ayer… y yo creo que eso durante cortos periodos de vida puede ser excitante o interesante, pero en el medio plazo son vidas terribles, son vidas completamente vacías, seguramente porque son inconsistentes con nuestra naturaleza humana. No somos así. Somos seres que necesitamos articular un pasado y tener proyectos, compartidos, normalmente.

Si tuviéramos que señalar cuál es la carencia o el problema más importante de nuestro estilo de vida, ¿cuál señalaríamos?

Señalamos la desigualdad. Cada vez estoy más convencido de que la falta de igualdad es el motivo más profundo de las vidas dañadas que llevamos. Sé que es un valor muy controvertido, y es el más feo en el binomio libertad-igualdad, y además vivimos en un momento de mucha exuberancia de la libertad: hoy en día la libertad es un valor que cotiza al alza, y en cambio la igualdad es mirada con sospecha. Se admite la igualdad de oportunidades, pero eso es una degeneración absoluta del ideal igualitario. La igualdad de oportunidades es pura meritocracia, y eso no tiene nada que ver con la igualdad. La igualdad tiene que ver con la llegada, no con el punto de salida. Yo estoy absolutamente convencido de que, sin una recuperación de un modelo de igualdad fuerte, es completamente imposible recuperar los ideales emancipadores ilustrados.