EL TIEMPO DE LAS REDES SOCIALES ES TAMBIÉN EL TIEMPO DE LA FRAGILIDAD SOCIAL (I)

EL EFECTO DE LAS TECNOLOGÍAS DIGITALES DE LA COMUNICACIÓN EN LA REALIDAD POLÍTICA Y SOCIAL.

Adicto a la BlackBerry

Nuestro discurso en este sentido ejerce una especie de contrapeso frente al optimismo generalizado que hay en torno al mundo digital y a las esperanzas, tal vez excesivas, que las sociedades modernas han depositado en las nuevas y flamantes tecnologías de la comunicación, hay profesionales de la sociología que pregonan una especie de contrapeso ante esta fantasía dominante en nuestra época.

Ejemplos de ellos son Sygmunt Bauman, en La globalización, consecuencias humanas; César Rendueles, en Sociofobia: El cambio político en la era de la utopía digital; y Jeremy Rifkin, en El siglo de la biotecnología, entre otros, apuntan a la fragilidad de los vínculos humanos que hay detrás de las frenéticas redes sociales y las multitudes de seguidores, y lamenta al mismo tiempo la gran cantidad de vidas que se ven dañadas y empobrecidas en el entorno altamente consumista y profundamente individualista que caracteriza a la sociedad de consumo.

No escapa a nuestra observación diario que hoy atribuimos a la tecnología unas capacidades enormes para solucionar todo tipo de problemas sociales, políticos e incluso ecológicos. Es increíble: por ejemplo, en casi cualquier debate sobre la crisis medioambiental siempre aparece alguien que te dice que la geoingeniería o la nanotecnología van a solucionar la crisis energética, y así con todo: se empieza a creer que la crisis de legitimidad política se puede resolver con la participación digital; la crisis educativa con más gagets tecnológicos en las clases… Es alucinante, porque además está muy asumido, tanto entre los pensadores de izquierda como los de derecha.

A nosotros nos parece que esa confianza en lo digital tiene que ver con que al parecer esa tecnología nos exime de los procesos deliberativos, nos libra de la necesidad de ponernos de acuerdo desde posiciones muy distintas y en conflicto, a través de una especie de coordinación espontánea y consensual que no pasa por la deliberación. Y en ese sentido me parece que esa concepción de la tecnología es muy heredera de la forma en que se concebía el mercado desde la tradición liberal: se le atribuía la capacidad de generar coordinación social sin recurrir a mecanismos deliberativos, eludiendo el conflicto político. Un ejemplo claro es como las reuniones para establecer un entendimiento sobre el valor de ciertos bienes indispensables para la comunidad son simples formalidades.

Hoy, después de 2008, ya nadie cree demasiado en el mercado. Nadie cree ya que tenga esa capacidad para resolver los conflictos políticos: más bien los acelera, como siempre han planteado otros investigadores. Entonces hemos trasladado del mercado a la tecnología esa confianza en que surja alguna clase de orden emergente y espontáneo, que no pase por los procesos deliberativos democráticos. El diálogo que se propone para solucionar problemas hoy día no existe. La mayoría de las cosas se imponen.

La era de las redes sociales es también la era de la fragilización social. Es un hecho empírico. Vivimos en sociedades muy individualizadas, con vínculos sociales muy débiles, con vínculos organizativos también muy débiles, y es en ese contexto social en el que han cobrado mucho protagonismo las redes sociales.

Es un tipo de relación que puede ser muy abundante, con miles de seguidores y amigos, pero también bastante superficial y muy frágil, sobre todo porque es un tipo de relación reversible a voluntad, que no está basada en el compromiso, sino en la preferencia: si me canso de seguir a alguien o deja de gustarme que me siga, pues lo dejo de seguir o lo bloqueo. Y los vínculos sociales no funcionan así exactamente: no prescindimos de nuestros amigos porque se pongan pesados en una determinada ocasión; no prescindimos de las organizaciones políticas o sindicales a las que pertenecemos porque no nos guste asistir a una asamblea o a una manifestación…

Al mismo tiempo, las relaciones digitales, a pesar de que son superficiales y frágiles, nos proporcionan una cierta sensación de conexión, y por eso las hemos comparado alguna vez con psicofármacos como la fluoxetina o la agomelatina. Nadie confundiría la sensación que produce un antidepresivo con una vida plena o con la autorrealización personal, nadie sería tan idiota … y, sin embargo, lo que ha conseguido la ideología digital es hacernos confundir la vida digital con una vida no sólo plena sino incluso superior a la que llevábamos en el mundo analógico.

¿Cómo afecta esto a la política? ¿Han cambiado las redes sociales la manera de hacer política?

Por un lado, nosotros no creemos que las tecnologías digitales sean realmente tan importantes, y por otro, creo que hay mucha más continuidad entre el mundo analógico y el digital de la que a veces se asume. Nos muy cuestionable todo ese imaginario de ruptura sistemática que siempre rodea al mundo de la tecnología digital.

Y en ese sentido nos parece que lo que han hecho las redes sociales y la tecnología digital es acelerar procesos que ya estaban en marcha: la democracia de audiencias, por ejemplo, es un fenómeno anterior al surgimiento de las redes sociales, y que tiene que ver, por una parte, con los procesos de despolitización asociados al marco neoliberal y, por otra, con el uso que se le dio a medios de comunicación tradicionales como la televisión en ese contexto en el que había un progresivo desinterés de la ciudadanía hacia la política.  Ahí nace la democracia de audiencias. Y las redes sociales, al aterrizar en ese modelo, lo que hacen es intensificarlo, por supuesto.

Se entiende mejor lo que hacen las redes sociales si las pensamos como televisores pequeñitos dentro de nuestro teléfono móvil, y no como un paradigma completamente novedoso. Se habla mucho de cómo Donald Trump o el grupo de poder que rodea a algunos gobernantes que utilizan las redes sociales, pero se olvida con frecuencia que se hicieron famosos en un ‘reality show’ de televisión o como dirigente de un equipo importante de futbol y en sus presentaciones televisivas. El uso que hacen de las redes sociales se parece mucho más a estrategias de propaganda masiva tradicional que a alguna clase de nueva estrategia reticular digital supersofisticada… es propaganda de toda la vida, masiva y basada directamente en la manipulación. Por eso digo que hay mucha más continuidad de la que parece entre el pasado analógico y la presente digital.

Algunos interrogantes: ¿El propio funcionamiento de Internet y los buscadores de información hacen que el usuario acabe en una especie de burbuja individual, accediendo a contenidos seleccionados según sus propios gustos, a través de una especie de filtro personalizado por los propios motores de búsqueda? ¿Eso no provoca que estemos realmente más aislados que conectados? ¿Y no afecta a la política, en el sentido más clásico y amplio del término?

Veamos: Internet es muy curioso porque se dan dos dinámicas contrapuestas: es verdad que la cantidad de información y de opiniones diversas es infinitamente mayor que en el mundo analógico, pero nosotros somos seres limitados y con una capacidad de procesamiento limitada, que es algo que se nos olvida. La oferta es la que es, pero nosotros somos seres neolíticos con una capacidad limitada.

¿A qué llama usted Utopía Digital? ¿Acaso confiamos demasiado en que la tecnología digital va a resolver nuestros problemas?

Digamos que actualmente atribuimos a la tecnología unas capacidades enormes para solucionar todo tipo de problemas sociales, políticos e incluso ecológicos. Es increíble: por ejemplo, en casi cualquier debate sobre la crisis medioambiental siempre aparece alguien que te dice que la geoingeniería o la nanotecnología van a solucionar la crisis energética, y así con todo: se empieza a creer que la crisis de legitimidad política se puede resolver con la participación digital; la crisis educativa con más gagets tecnológicos en las clases… Es alucinante, porque además está muy asumido, por docentes e investigadores de distintos signos políticos.

Pensamos que esa confianza en lo digital tiene que ver con que parece que esa tecnología nos exime de los procesos deliberativos, nos libra de la necesidad de ponernos de acuerdo desde posiciones muy distintas y en conflicto, a través de una especie de coordinación espontánea y consensual que no pasa por la deliberación. Y en ese sentido me parece que esa concepción de la tecnología es muy heredera de la forma en que se concebía el mercado desde la tradición liberal: se le atribuía la capacidad de generar coordinación social sin recurrir a mecanismos deliberativos, eludiendo el conflicto político.

Y claro, hoy, después de 2008, ya nadie cree demasiado en el mercado. Nadie cree ya que tenga esa capacidad para resolver los conflictos políticos: más bien los acelera. Entonces hemos trasladado del mercado a la tecnología esa confianza en que surja alguna clase de orden emergente y espontáneo, que no pase por los procesos deliberativos democráticos.