PSICOFARMACOS EN LA NIÑEZ: Una discusión posible.

SOBRE EL USO DE LOS PSICOFÁRMACOS EN LA NIÑEZ

Abuso farmacológico
¿Uso o abuso de psicofármacos?

Intervenir con psicofármacos en la vida de un niño es un cuestión compleja y delicada. Pero los criterios de uso de los psicofármacos en la infancia no siempre se hacen eco de estas complejidades. Sólo algunos de estos criterios, pocas veces explícitos, son compatibles con la práctica de un análisis con niños que apueste al máximo despliegue lúdico y simbólico posibles. Una práctica que cruza territorios ex profeso. Porque apuesta a intervenir a través del juego en las dimensiones fantasmáticas infantiles, entendidas como guiones inconscientes que generan síntomas y pautan la relación con los otros y con ellos mismos.

Las investigaciones en psicofarmacología han aportado a la comprensión de lo biológico en la producción de un sufrimiento. Pero a veces este saber se hipertrofia, pues ese factor es el principalmente afectado por su uso. Lo que cierra un circuito ilusorio de simplificación de la vivencia compleja del padecer. Estos entrecruzamientos entre lo subjetivo y lo biológico reconocer en Freud al primero que supo poner en cuestión el semblante neurológico de la histeria.

El empleo de psicofármacos, guiado por un criterio que acote su margen de intervención y que abra la subjetividad a otras influencias, combinado con las intervenciones analíticas, puede acotar vías repetitivamente activadas y abrir paso a otras que pueden rivalizar con las anteriores como circuitos neuroquímicos. Pues no son los mismos caminos lo que se activan ritmando los placeres del juego que los que funcionan soportando goces.

Niño y psicofármacos
¿Con que cargamos la mochila que porta el niño?

Pero en los últimos años asistimos no sólo al avance cuantitativo de los psicofármacos, sino también a un avance del lenguaje de los psicofármacos. La “verdad” de un sufrimiento puede llegar a tener el nombre de una enzima o neurotransmisor ausente y una “enfermedad” el del remedio que se instituye para “curarla”. La cura así entendida provee o modula lo faltante. Completa y complementa.

La experiencia analítica, en cambio, descompleta y evita las suturas apresuradas y complacientes. En lugar de suplantar, suplementa agregando algo nuevo. Pero nunca en serio, no a partir de la particularidad del nivel bioquímico, sino en el plano singularísimo de esos goces que hacen del padecer algo alejado de los sentidos consensuales.

Los medicamentos no enseñan nada. Tampoco el psicoanálisis o el análisis corporal de la relación con niños pretenden hacerlo, lo que no quita que de la experiencia analítica se salga distinto. Es que, a través de todo el proceso creativo de la acción lúdica, los personajes producidos en el jugar reformular el goce fantasmático, conjuran a sus personeros, conjuga nuevos decires y hacen decantar un saber hacer. El mundo del niño se enriquece al recuperar transformando las energías de las que su subjetividad se había vaciado, acantonadas y cercadas en el goce de su padecer.

No podemos dejar la subjetividad infantil en manos de los amos de la información quienes “(…) se han olvidado de la poesía, donde las palabras pueden tener un significado totalmente distinta al que dice el léxico, donde la chispa metafórica va siempre un paso por delante de la función decodificadora, donde siempre es posible otra imprevista lectura”[1]

Ocurre que, aun existiendo esa disponibilidad para hacer un tiempo y un lugar para la traducción y el acontecer lúdico, es probable, en caso graves, toparse con inercias y estereotipias, con bloqueos o desbordes que paralizan el juego. En estas situaciones, cuando “no hay más remedio”, que las intervenciones psicofarmacológicas acotadas y criteriosas pueden abrir vías a ese jugar transferencial, inhibiendo circuitos sintomáticos de goce y captura. La importancia de los psicofármacos no estriba en adaptar, aunque tiendan a hacerlo. Ellos tampoco enseñan nada ni aportan la felicidad que publicitan, pero pueden en cambio, por “vía di levare”, apartar lo que sobra y permitir el despliegue de lo atrapado entre las rocas de un pasado hecho estatua.

Y entonces el jugar transferencial puede permitir no sólo traducir o trasponerse. También crear y disfrutar lo producido. Jugar no sólo posibilita reproducir o imitar, jugar permite al niño inventar al hombre. Tarea para la que hace falta mucho más que psicofármacos, pero en la que ellos pueden tener un digno, acotado y criteriosos lugares.

Un psicofármaco, por criteriosa que sea su indicación (no nos referimos a su empleo como chaleco de fuerza químico que configura una falta de ética gravísima), no incide “per se” en la constitución de esa nueva situación. La medicación incide sobre un aspecto de modo transitorio, no perdura más allá de su finalización si no median otras intervenciones. No es “agente de cambio” cualitativo. Ningún medicamento enseña nada”[2] puede ser útil en un momento para modificar situaciones desde lo biológico, pero no produce un aprendizaje para situaciones futuras.

Por ello es inaceptable una conducta terapéutica exclusivamente farmacológica, no hay ninguna situación que se resuelva exclusivamente con un enfoque farmacológico. Esto, pues la eficiencia operatoria del acallamiento o del estímulo, si bien puede ser parte de un abordaje, no es garantía de una eficacia simbólica que se funda en las posibilidades de la subjetivación de la situación. Esto quiere decir de poder apropiarse de un posicionamiento diferente, lo que requiere no sólo de dejarse afectar por un fármaco, sino la elaboración activa de los goces implicados en los síntomas y trastornos y la apertura de nuevos disfrutes que ningún psicofármaco provee.

Los psicofármacos se proponen como complemento de lo faltante en pos de restablecerlo, siendo el mejor ejemplo el supuesto “déficit” de atención convertido en equivalente de un déficit de dopamina. Las intervenciones analíticas apuntan a retrabajar la falta (de una respuesta distinta al sufrimiento) y a generar algo diferente, alternativo a lo preexistente. No completan ni complementan. Suplementa, gestando un nuevo acontecer.

Con respecto a la relación entre verdad y eficacia, el empleo de psicofármacos, y muchos más en marcos regulatorios institucionales, se encuentra tensado por una obligatoriedad de eficiencia que hace muy difícil de eludir. El análisis intenta anteponer a eso un compromiso con las verdades subjetivas. Esas que el goce que un síntoma incómodamente hace irrumpir o un trastorno escenifica a veces sin angustia. Apostamos entonces a su develamiento y reelaboración a través del despliegue transferencial de la fantasía y a la eficacia de la palabra y el lenguaje analógico en la acción lúdica como medios fundamentales para incidir, transformar y subjetivar.

Con relación entre repuesta y abstinencia es claramente diferente en una u otra intervención.  En los abordajes psicofarmacológico, el compromiso con una respuesta no permite la abstinencia. En cambio, un análisis cuenta con cierta capacidad de frustración asumida por quien decida iniciarlo, aun cunado sea un niño. Aquí se juega la relación entre “cuanta” verdad y sufrimiento puede tolerar cada analizante.

El desafío para los analistas, cuando se trata de esas intervenciones híbridas, donde se hace necesaria la utilización de psicofármacos, es gestar una ética en la que haya posibilidad de evitar que la demanda de eficiencia arrase con el deseo de eficiencia. Y preservar espacios de despliegue para una “ex – timidad” cada vez más amenazada de serialidad y anonimato.

En esa línea se inscribe un empleo sintomático de medicación. Aporta y abre camino a otras intervenciones. Un empleo estabilizante, en cambio, abroquela defensivamente en un intento de retornar el equilibrio perdido.

Hasta la próxima.

[1] Coetzee, J. M., Diario de un mal año.

[2] Heydl, P., Simposio Infancia y Medicación. Convocado por el Foro de Instituciones de Salud Mental, Buenos Aires, 02/09/2000.

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