CONSUMISMO Y LAZO SOCIAL

DEL CONSUMISMO Y EL LAZO SOCIAL AL CAPITALISMO SALVAJE

 

CONSUMISMO
Consumismo

Hace unos años, cuando fui a vivir temporalmente a una ciudad de casas bajas, alquilé un departamento en un edificio de propiedad horizontal. Una mañana me disponía a salir y encontré en el hall de entrada un grupo de jovencitos del 7º grado de una escuela del lugar. Le pregunté a alguno de ellos que hacía allí y me contaba que era para visitar el edifico. Al preguntar “¿Y para qué?” me responde “Para viajar en ascensor…”

La globalización pretendió homogeneizar, pero sucedió al revés. Se potenciaron las heterogeneidades en el campo de lo que seguimos llamando infancia hoy, mejor dicho, pos-infancias.

Desde siempre infancia y adolescencia debieron escribirse en plural. Pero si antes podíamos dividirlas básicamente en dos compartimentos: uno donde estaban cuidadas y otro donde se las vigilaba, hoy ambas nociones parecen al borde del estallido. Jóvenes, casi niños, son delincuentes, asesinos, consumidos, consumistas, determinadores de consumo, acelerados, hiperconectados, aislados, abandonados, abusados, prostituidos, traficados, “esponsorizados”.

Los niños de hoy son hijos de marcas, prácticas y discursos cuyo pretendido monopolio parental-estatal-social va siendo globalizadamente destronado. A través de la saturación mediática se han ido alterando de modo profundo la raigambre de filiaciones y linajes. Vivimos una época de familias, estados y escuelas desbordados como productores predominantes de subjetividad. Esa heterogeneidad, se refleja, tal como resalta en nuestros DNI y Pasaportes que nos acredita antes como consumidores del “Mercosur” que como ciudadanos argentinos. Habitamos un mundo cada vez más “post-estatal”, situación donde los estados ya no saben cómo seguir siendo naciones. Tampoco saben si quieren. ¿Hay que integrarse al mundo?

Freud le escribía en 1933 a Binswanger que descansaba en Austria: “Espero que disfrute de sus vacaciones, y que se alegre de tener una patria”. Hoy la patria es un espejo fragmentado por grietas producida por los medios hegemónicos e individuos inescrupulosos. ¿Qué respuesta práctica suscitan estos enunciados parentales sobre el deber ser? Un ejemplo:

“Mi viejo es un boludo. Trabaja todo el día y nunca hizo plata. No quiero eso para mí. Hay que tener plata. Pruebo hacer muchas cosas pero ninguna me satisface, es al pedo. Si no nos podemos rescatar”. Lo dice un muchacho de 22 años que no tiene un tiempo de espera y esfuerzo en cada cosa que realiza.

¿Cómo no va a estallar en la escuela el conflicto entre la temporalidad ávida de consumo y los pacientes ritmos que requiere la construcción de un saber si la vida urbana va adquiriendo un ritmo cocainero? Nuestra época se inscribe saturando los cuerpos y demanda modos de ser que puedan “andar a mil”. ¿Habrá que “ponerse las pilas”?

La asociación moderna entre saber-formación-ciudadanía y futuro va cediendo paso a la combinatoria posmoderna capacitación-información-mercado-consumo-ahora. Los adolescentes nos interrogan en consultorios y espacios de atención con preguntas claves: “¿Para qué ir/o terminar la escuela?” o más aún: “¿Para qué estudiar?” Amparados en abstinencias nos defendemos del nudo de dudas que nos despiertan la comunidad hoy día.

El pretendido monopolio parental-estatal-escolar de la infancia ha sido alterado. Y con ellos sus temporalidades. El conflicto entre el ritmo ávido de consumo y los pacientes ritmos que requiere la construcción simbólica, fantasmática y lúdica necesaria para una apropiación mutua entre el futuro sujeto y su cultura se realiza en cámara rápida. Condiciones que dificultan la elaboración de un polimorfismo sexual que, laboriosamente en el mejor de los casos, lleva al niño a reproducir sus propios fantasmas y juegos. Y entonces el niño, como el país, toma el atajo de comprar la película hecha. O sus padres el psicofármaco.

La escuela pretendía ser agente de nivelación e integración social y formadora de ciudadanos, objetivos que no figuran consistentemente en el horizonte de ninguna política actual. Lo que se resta así es configuración y protagonismo ciudadano. Y futuro.

El ansia del consumo permanente y la pérdida de valores por las urgencias de satisfacción inmediata nos llevó a que se profundice un capitalismo salvaje que deja fuera de juego a millones de personas.

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