DESDE EL DESEO DE SER BUENOS PADRES A LA REALIDAD

DESDE EL DESEO A LA REALIDAD: LA PROBLEMÁTICAS EN LA PATERNIDAD

 

Padres y bebé
Nuestras espectativas en cuanto a ser padres hoy

Sin duda, todos tuvimos muchas ideas acerca de cómo trataremos a nuestros hijos, mucho antes de que estos vinieran al mundo. Detrás de todas esas ideas estuvo siempre la dedicación: estábamos decididos a que la tarea fuese bien hecha. La mayoría de las personas toman muy en serio la condición de padres: se juegan a ello por entero, en el sentido literal de la expresión. Después, la realidad comienza a descargar golpes contra todos los planes concebidos de antemano, y lo que al principio pareció cosa simple se transforma en algo mucho más complejo.

Si bien ocupan poco espacio, los niños suscitan en nosotros emociones muy amplias y profundas. La alegría, la seguridad, el deleite se mezclan en torno de ellos con la preocupación, la culpa y la duda. La fatiga y la frustración también se hacen presentes en buena medida. Un día tenemos que arrostrar la haraganería y el desorden, y emitir a torrentes la palabra “no”; al día siguiente llegarán los abrazos y las chácharas amorosas, y vaya uno a encontrar el teléfono desocupado. Problemas, siempre nuevos, que cambian, pero nunca acaban. Y no hay forma de dar marcha atrás.

De todos modos, no esforzamos por hacer lo mejor de que seamos capaces. Así, invertimos grandes cantidades de cuidado, tiempo, energía y dinero. No ahorramos esfuerzos: lo mejor en comidas y ropas, los juguetes más atractivos y de moda, la atención médica más adecuada y el continuar constantemente a su disposición, para que nuestros hijos disfruten de todas las ventajas posibles. Hay quienes llegan a renunciar a la satisfacción de algunas de sus necesidades elementales para tener con qué dar a sus niños la mejor educación y asistencia médica.

No obstante, y pese a las buenas intenciones y a los esfuerzos sinceros, abundan los jovencitos que decepcionan a sus padres. Se atrasan en los estudios, se manifiestan emocionalmente inmaduros, se rebelan o se retraen indebidamente. O frecuentan el trato con otros muchachos que no andan tras nada bueno. “¿Cómo puede ser que mi hijo tenga problemas, con lo mucho que hice y me esforcé por él?; esta pregunta tortura a muchos padres bien intencionados.

Por otra parte, tampoco pueden ser muy bajos los niveles de ansiedad de aquellos cuyos hijos no tropiezan con problemas serios, cuando todos sabemos en qué forma crecen a diario las tasas de delincuencia juvenil, adición a las drogas, deserción escolar, enfermedades de contagio genital y nacimientos no deseados. En estas circunstancias, no debe extrañar que una insistente intranquilidad se abra camino una y otra vez hasta nuestra conciencia, para hacer que nos preguntamos cómo mantener a nuestros hijos alejados de esos caminos de desdicha. En los momentos cruciales, la incertidumbre nos susurra: “¿Estaré haciendo bien las cosas?” “¿Tendré que castigar, discutir o ignorar?” “¿Qué hacer ahora?” Y entonces todas aquellas grandes ideas -aquellas firmes convicciones-se enturbian y desaparecen.

La realidad puede hacernos perder la confianza en nosotros mismos como padres. Con todo, seguiremos aferrados al sueño de lo que nuestros hijos podrían llegar a ser. ¿Cómo transformar ese sueño en realidad?

El ingrediente fundamental

Para la mayoría de los padres, las esperanzas en torno de los niños se fundan en algo más que el evitarles la postración nerviosa, el alcoholismo o la delincuencia. Lo que queremos para ellos es todo lo positivo de la vida: la confianza interna, el sentimiento de tener objeto y compromisos, las relaciones significativas y constructivas con los demás, el éxito en el estudio y en el trabajo. Por encima de todo, la felicidad. Lo que queremos es claro. Nuestras dudas se desarrollan casi siempre en torno de cómo ayudarles a alcanzar esas metas. Y en este sentido, los padres ansiamos disponer de una regla básica que nos fue en cuanto a qué hacer y que no hacer, especialmente en los momentos de tensión y desconcierto.

Hoy día, se ha acumulado ya experiencia suficiente para darnos precisamente una fórmula de ese tipo: el niño que posee autoestima elevada es el que más probabilidades tiene de triunfar. Más y más investigaciones demuestran que entre el niño (o el adulto) que funciona plenamente y la persona que marcha por la vida entre tropiezos existe una diferencia fundamental.

La diferencia reside en la actitud de uno y otro hacia sí mismo;  en su grado de autoestima.

¿Qué es la autoestima? Es lo que cada persona siente por sí misma. Su juicio general acerca de sí mismo, la medida en que le agrada su propia persona en particular.

La autoestima elevada no consiste en un engreimiento ruidoso. Es, en cambio, un silencioso respeto por uno mismo, la sensación del propio valor. Cuando uno la siente en lo profundo de su ser, se alegra de ser quien es. El engreído no es más que una delgada capa que cubre la falta de autoestima. Aquel cuya autoestima es elevada no pierde el tiempo en impresionar a los demás, sabe que tiene valor.

Continuaremos.

Hasta la próxima.

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